IGNACIO PADILLA
EL CARCINOMA DE SIAM
Mientras estuvo despierto, Cástor pudo constatar
cuánto le agradaban los hospitales. Le resultó tan grato estar allí, amortajado
en la luz abarcadora del quirófano, que todavía se atrevió a pedir a la
enfermera una anestesia local. Aunque el dolor en el costado seguía
atormentándolo, deseaba verlo y continuarlo to do, quería seguir la
intervención paso a paso, sin perder detalle. Ansiaba compartir las bromas
macabras de los cirujanos, sus instrucciones, sus cortes, y asistir a la
resurrección de su propio cuerpo como lo haría un testigo privilegiado, ya no
un protagonista.
Sabia, sin embargo, que difícilmente accederían
a su petición: la suya no sería una operación sencilla y mucho menos, como pudo
deducir del gesto escandalizado de la anestesista, un instante para tomarse las
cosas a broma. Con todo, apenas se le anubló la vista en un conteo regresivo y
ocioso, no pudo reprimir la risa que le provocó el reparador cosquilleo de la
inconciencia: era feliz y estaba en casa, se sabía casi dueño de su cuerpo y lo
sería por completo al despertar, cuando los médicos al fin hubiesen roto el
puente de carne y vísceras que por veinte años lo había unido al abdomen de su
hermano Pólux, cuyo cuerpo hacia unas horas se había quedado frio como el fila
de un bisturí.
Tal vez soñó. O acaso esas imágenes rematas
discurrieron en el fragmento de tiempo en que pasó de la vigilia a un estado de
suspensión que no podría llamarse exactamente sueño. Como fuera, la luz del
quirófano permaneció en su ánimo después del conteo. Solo que ahora Cástor
quiso sentir o imaginar que aquellas luces eran otras: las luces acaso menos
amables de la doble incubadora que, como contaba su madre, habían improvisado
los médicos al anunciarse el singular parto de mellizos unidos por el costado.
Muchas veces antes él había acabado por apropiarse del recuerdo.
Estaba seguro de haber contemplado en pesadillas
sus propios ojos infantiles, pasmados aunque ciegos, sus articulaciones
hinchadas y prácticamente inmóviles por simple contraste con los inquietos
braceas de su hermano. Y había visto también a Pólux, un neonato más apacible
que su hermano, quizás un poco molesto con ese otro cuerpo que yacía junto a
él: tan quieto, tan pesadamente sorprendido de esa monstruosidad que no le
permitía moverse a sus anchas por el brevísimo espacio de la incubadora.
Aquella capsula de tubos y calores artificiales
por la cuellos observara una madre tierna y aterrada, se convertiría para
Cástor, primero, en símbolo de su existencia doble, y luego, en alegoría de un
mundo cicatero en el que habría de compartir con Pólux ciertos órganos
elementales para la Sobrevivencia. Por eso mismo, antes de llegar al hospital,
veinte años más tarde, seguro ya de haber percibido el momento exacto de la
muerte de su hermano, Cástor supo que nadie, mucho menos Dios, podría culparlo
de haber llevado las cosas al extremo. Estaba convencido de que él y su hermano
habían sido la muestra radical de la falibilidad divina: dos almas encarnadas
en un mismo cuerpo, seres ligados en una obtusa dualidad, una equivocación
sublime cuya única enmienda posible era el sacrificio de una de las almas en
aras de la conservación del cuerpo mismo. Ahora que esa maldición llegaba a su
fin en la cama hospitalaria, Cástor podía congratularse y repetir que Dios
había optado al fin por la sobrevivencia del más fuerte.
La verdad es que eso lo supieron ambos desde el
principio. Y lo supo también su madre pese a su empeño en hacer de ellos una
suerte de ecuación matemática, al grado de llamarlos como los llamó: gemelos
míticos reiterados en mellizos monstruosos. Ese acto de pedantería culterana,
puede que inconsciente aunque imperdonable sarcasmo de la madre, no había sido
el único intento de ella por empatarlos. Al contrario, a aquel nombre que cada
noche despejada recordaba a ambos niños su condena, habían de sumarse muchos
otros intentos de hacerlos parecer dioses especulares, seres idénticos de buen
agüero tocados por la singularidad en un orbe de ordinarez.
En un tono triunfal que Cástor no pudo nunca
explicarse, solía decir la madre que los médicos habían pronosticado a sus
hijos una vida en extrema breve. Nacimientos como aquel, reiteraba la mujer a
los periodistas que la visitaron en los primeros años, eran más frecuentes de
lo que se creía, no menos la prematura y casi simultánea extinción de los
recién nacidos. Con estas palabras pretendía ella explicar por qué veía en sus
hijos una victoria de la fe sobre las advertencias de la lógica natural. Por
eso también coleccionaba y mostraba ufana montones de historias y datos sobre
los poquísimos casos de siameses no menos dramáticos que sin embargo habían
llegado hasta la edad adulta, entre ellos, los dos hermosos mellizos que habían
nacido en Siam hacia casi un siglo para convertirse en nada menos que
protegidos de un emperador.
Bien supo siempre la madre omitir que esos
siameses, y muchos otros, habían sido portentos de circo y carne para
semanarios amarillistas. Poco se decía en aquellas matriarcales conferencias de
prensa sobre las pesadillas de esos y otros trágicos mellizos, menos aun de su
vida sexual, de su modo singular de desahogar apetitos, de sus rutinas
elementales y de sus necesidades. Cuando alguien pretendía empujarla a esos
íntimos terrenos, la madre se desviaba del pun to, ofrecía mas te a los
visitantes y optaba por mostrar fotografías antiguas de aquellos príncipes de
Siam que regalaban a las cámaras sus rictus casi orgullosos de su deformidad.
En su habitación, Cástor pensaba que ese orgullo no servía de nada para atenuar
su melancolía de seres irregulares. Prodigios o engendros, era obvio que el
resto del mundo no dejaría nunca de hacerse preguntas sobre la vida siamesa:
los secretos que, como y cuando de su existencia aberrante.
Para Cástor la ausencia más notable en el pandemonio
de información siamesa que llegó a reunir su madre tenía que ver con sus
confrontaciones. Nunca un periodista se molestó en preguntarles por sus
desavenencias, sus riñas, las elementales distinciones de carácter que son
naturales en cualquier mellizo y que hubieran acentuado el dramatismo de su
fraterno matrimonio de carne con Pólux. El mejor ejemplo de este tipo de
desencuentros lo provocó nada menos que la foto de los mellizos de Siam: una
tarde, recién cumplidos los trece años, Cástor pegó la fotografía en la
cabecera de su cama. Sólo verla, Pólux estalló en cólera diciendo que no
necesitaban de esa imagen para acordarse de su tragedia, que no había motivo
para gloriarse de su situación, que no eran monstruos. Acaso más por contrariar
a su hermano que por gustar de la fotografía, Cástor insistió en dejarla allí.
Pólux intentó arrancarla, y en la riña descubrió que Cástor era mucho más
fuerte que él. No valía siquiera el intento de pelear: lo mismo se dolían ambos
con el jaloneo, lo mismo quedaban extenuados y maltrechos en la cama,
resignados ante la sonrisa herida mellizos de Siam.
A partir de entonces, como en una reiteración de
la escena de la incubadora, Pólux reforzó su esfuerzo por desasirse de su
hermano. Fue el quien investigó y analizó hasta el cansancio la posibilidad de
un día someterse a la riesgosa operación que podría separarlos. En ese
entonces, cirugías de esta guisa eran poco menos que imposibles, no sólo por la
ingente cantidad de órganos involucrados, sino por las insalvables dificultades
económicas que aquello significaba. A esto había que añadir la abulia de Cástor
en todo lo relacionado con su separación. Contemplativo, caustico o sencillamente
resignado, Cástor fue primero el pasivo espectador de lao ansiedad de su
hermano. Y poco después comenzó a sabotearlo. Dios, insistía ante la
desesperación de Pólux, había querido que naciesen así, y ese mismo Dios sabría
suprimirlos a tiempo, siempre juntos. Dios terminaría con ellos para siempre,
remitiéndolos quien sabe si a un Paraíso poblado de siameses, o a un Infierno
que no podría ser muy distinto.
Con frecuencia Cástor se regodeaba en imaginar
qué pasaría con ellos en el Juicio Final o en la Resurrección de la Carne. ¿Les
tendrían una consideración especial? ¿De entrada les perdonarían sus pecados?
La santidad de uno obligaría a los ángeles a permitir que el otro, réprobo sin
remedio, ingresara también en el Paraíso? Sometidos a aquella existencia dual,
Cástor y Pólux seguirían entonces por la vida dan do tumbos, ocultos el mayor
tiempo posible, incrementando la angustia secreta y el ulterior olvido de la
madre, quien al cabo dejaría de atender a la prensa y quizás comenzaría a dudar
ella misma de las bondades de la monstruosidad de sus vástagos.
Acaso a consecuencia de su evidente supremacía
física sobre su hermano, Pólux comenzó a buscar en su cerebro su única posible
independencia. Cástor, por su parte, se dejó arrastrar a las aulas como un injerto
en la desmesurada aplicación de Pólux. Se mostró tan soberbio como
desinteresado en las materias, burlón casi ante el absurdo hecho de que tuviese
que presentar exámenes que su hermano aprobaría con honores y que él ni
siquiera se molestaría en responder. Lo mismo que en su hipotético ingreso en
el Paraíso, Cástor sabía que no debía preocuparse: nadie podría expulsarlo de
las aulas, ni consignarlo en una escuela de alumnos deficientes o
problemáticos. En cualquier caso lo dejarían seguir adelante como la sombra de
un hermano afanoso— se decía que brillante—, quien debía pagar con los
desastres escolares de Cástor la pena que a este último provocaba tener que
mostrarse en público, soportar las miradas de sus condiscípulos, sus maestros,
los padres. Con frecuencia Cástor fingía resfriados, migrañas o intensos
dolores estomacales que los obligaban a quedarse en casa o a que los
devolviesen a ella. Pólux le echaba en cara sus charadas, le decía no te duele
nada, yo sé que no te duele. A lo que Cástor, carcajeándose camino a casa, le
preguntaba ¿cómo lo sabes?, ¿eh?
Ya en casa, Cástor alimentaba su venganza contra
Pólux por haberlo expuesto al mundo: mientras su hermano estudiaba, Cástor
ojeaba revistas, iba al baño con enervante frecuencia, escuchaba música
estridente. Por su parte, Pólux, abajado por la fuerza física de Cástor, hacia
lo que podía para sortear el sabotaje: estudiaba mientras podía para sortear el
sabotaje: estudiaba mientras el otro dormía, procuraba ignorarlo, se tapaba los
oídos.
La madre murió cuando cumplieron diecisiete.
Entonces ya no quedó quien los mirase como dignos o mejores. De esta suerte,
guiada par la angustia y el desamparo, Pólux se internó aún más hondo en los
libras, estudió cuanto pudo y llegó inclusive a dar muestras de una notable
lucidez, la cual aprovechaba para escribir ensayas que, si bien no eran bien
pagados, le daban al menos un sustento y el consuelo de no tener que dar la
cara. Aun así, Cástor le reclamaba que los exhibiese cuando Pólux seguía
publicando e insistía en recibir a algún periodista. Sólo a veces, cuando el
fortachón Cástor estaba de buen talante, los hermanos concedían una entrevista
en la que Pólux tenía poca oportunidad para expresarse ante los comentarios
cáusticos de Cástor.
En aquella orfandad Cástor comprendió a
cabalidad cuán cómodo era vivir unido a un hermano diligente. Y descubrió
asimismo en el chantaje una nueva forma de poder sobre el cuerpo que compartía
con Pólux: se dejaba alimentar a regañadientes, amenazaba a su hermano cada vez
que éste le reclamaba su abulia.
Cástor sabía que ni siquiera debía temer un
reclamo legal de Pólux. ¿Qué dirían los jueces? ¿Quién decidiría cuál de
los dos era dueño de aquel cuerpo? La ley no alcanzaba ese tipo de
discriminaciones: el veredicto siempre sería injusto.
Cástor desde entonces sospechaba que la muerte
de uno acarrearía la del otro, lo cual solo le importó como posible retribución
contra Dios sabe que falta de su hermano. Con esta convicción, Cástor se dio a
la bebida. Macabro y divertido, se consagró a la lenta destrucción de aquel
cuerpo infame. En respuesta al afán de Pólux por aferrarse a la vida, Cástor se
embriagaba sin descanso y gozaba con la idea de que llegase un día en que su
hígado, alimentado por flujos compartidos, reventase. Pólux le imploraba
sobriedad, le rogaba que respetase aquel cuerpo que no era solamente suyo.
Reclámale a Dios, respondía Cástor apurando más botellas, copas, garrafas. Beber
se convirtió en su única ocupación y en su único propósito. Pólux se aferraba a
la vida, y él, a la muerte de ambos: una muerte alucinada y feliz en una
borrachera que su hermano compartía a su pesar cuando el alcohol le saturaba la
sangre y le hacía vomitar la entraña sobre sus escritos mientras que su
hermano, más tolerante a la bebida, se sentía más bien alegre.
Finalmente una noche despertaron con intensos
dolores. Un dolor que anunciaba el estallido del hígado. Pólux llamó a los
servicios de urgencia mientras Cástor se dejaba matar por el dolor, por esa
pena que parecía más intensa en su hermano, pero que era y siempre había sido
la misma. Contra lo esperado, el hospital consiguió una donación, sólo una,
para el transplante. Mientras un Cástor adolorido y un Pólux ya exánime eran
transportados en la ambulancia, los camilleros y los médicos y las enfermeras
se preguntaban quien se quedaría can la víscera providente. Pero no hubo tiempo
para decidir nada: el hígado llegó a tiempo para Cástor y tarde para Pólux,
quien murió en la ambulancia, incapaz de soportar el dolor, la rabia, la vida.
Lástima, se dijo Cástor en el quirófano poco antes de pedir a la enfermera que
le aplicasen una anestesia local. Pero enseguida descubrió que la muerte de su
hermano no le inquietaba gran cosa. El tumor seria extirpado, pues estaba seco,
y del cuerpo de Pólux podrían obtenerse nuevas vísceras para el cuerpo
sobreviviente. Quizá mañana, cuando fuese libre del todo, Cástor consideraría
muy seriamente dejar de beber.
*Este cuento fue publicado en “Los anacrónicos y otros
cuentos”, FCE, 2010.