lunes, 10 de octubre de 2016
Lenguaje corporal: 21 Gestos y sus significados
El miedo: Taller de comunicación
1-Lenguaje corporal: 21 Gestos y sus significados
Recopile los diez gestos con sus significados, que según su criterios sean los mejores.
2-Técnicas para hablar en público
Aplique los diez gestos seleccionados por usted al moderador del vídeo mediante un comentario en el blog.
3-¿Cómo quitar el miedo al hablar en público? Antídoto psicológico
Explique de manera oral sus conclusiones sobre el vídeo.
miércoles, 5 de octubre de 2016
miércoles, 14 de septiembre de 2016
lunes, 29 de agosto de 2016
Texto para prueba diagnóstica de 4to.
Condición Previa
James Baldwin
Del inglés: Martín Schifino
Desperté temblando, solo en mi habitación. Me cubría un sudor frío y pegajoso; las sábanas y el colchón estaban empapados. La sábana de arriba se había puesto gris y estaba retorcida como una cuerda. Yo respiraba como si hubiera estado corriendo.
Durante un rato larguísimo fui incapaz de moverme. Solo me quedé de espaldas, despatarrado, mirando el techo, escuchando los ruidos que hacía la gente al levantarse en otras partes de la casa, los despertadores que sonaban y el agua que salpicaba y las puertas que se abrían y los pasos por la escalera. Yo sabía cuándo la gente salía a trabajar: la puerta del pasillo de la planta baja rechinaba y se arrastraba al abrirse, y producía un curioso doble golpe al cerrarse. Un choque sordo y después otro más fuerte y al final un leve chasquido. Cuando la puerta estaba abierta también oía los sonidos de la calle, los cascos de los caballos y las carretas de reparto y la gente en las calles y grandes camiones y coches que chillaban sobre el asfalto.
Había estado soñando. De noche soñaba y por la mañana despertaba temblando, sin recordar el sueño, a excepción de que en él corría de un lado a otro. No recordaba cuándo había comenzado el sueño, o los sueños; hacía mucho. Durante largos periodos, quizá, no soñaba nada en absoluto. Y luego volvían, noche a noche: demoraba el momento de acostarme, me dormía con miedo y despertaba con miedo y tenía que vivir un día más con la pesadilla a mis espaldas. Me encontraba de vuelta de Chicago, sin un peso, viviendo de la caridad de mis amigos en un sucio cuarto amueblado del centro. En Chicago habían cancelado la obra en la que yo actuaba. Mi papel no era gran cosa, ni tampoco la obra, la verdad. Yo interpretaba a una especie de negro bueno intelectual, un joven universitario que se esforzaba en nombre de su raza. Supongo que el dramaturgo había querido demostrar que era un liberal. Pero, en fin, la obra se había cancelado y ahí estaba yo, en Nueva York y lleno de odio. Sabía que debía conseguir un nuevo empleo, ir a audiciones, patear las calles. Pero no lo hacía. No podía afrontarlo. Era verano. Me sentía exhausto. Y con cada día que pasaba me odiaba más. La vida del actor es dura, incluso si se es blanco. No soy alto ni soy guapo ni sé cantar ni bailar ni soy blanco; así que ni siquiera en los mejores momentos me llamaban mucho.
La habitación donde vivía era perfectamente cuadrada, tenía el techo abombado y paredes descascaradas color sangre seca. Me la había conseguido Jules Weissman, un chico judío. Es una habitación para dormir, dijo, o quizá para morir, pero Dios sabe que no fue pensada para vivir. Quizá por lo espantosa que era, la habitación tenía un fantástico conjunto de fuentes de luz: una en el techo, otra en la pared izquierda, dos en la derecha y una lámpara sobre la mesa de noche. Mi cama estaba enfrente de la ventana, por la que nunca soplaba nada sino polvo. La habitación se alquilaba amueblada, y habían arrumbado en ella suficientes cosas como para amueblar tres del mismo tamaño. Dos butacas y un escritorio, la cama, la mesa, una silla con respaldo recto, una biblioteca, un armario de cartón; y mis libros y mi maleta, desempacados; y mi ropa sucia tirada en un rincón. Era el tipo de habitación que a uno le quita el ánimo. También tenía una chimenea, y encima una pesada repisa de mármol y un espejo gris sobre la repisa. Era difícil ver nada claro en el espejo —lo que quizá tanto daba— y a cualquiera le hubiera costado la vida encender la chimenea.
—Bueno, no tienes que quedarte mucho tiempo —me dijo Jules cuando llegué. Jules me metió medio de contrabando, de noche, cuando todo el mundo se había ido a acostar.
—Cielos, espero que no.
—Pronto me mudaré a un apartamento más grande —dijo Jules—. Puedes venirte. —Encendió todas las luces—. ¿Crees que te servirá por un tiempo?
Parecía disculparse, como si él mismo hubiese diseñado la habitación.
—Sí, seguro. ¿Crees que me causarán problemas?
—No creo. El alquiler está pagado. La casera no te puede echar.
No respondí nada.
—Trata de que no te vean —dijo Jules—. Ya sabes.
—Entendido.
Llevaba tres días viviendo allí; me organizaba para salir después de que todos se fueran y volvía de noche cuando ya estaban durmiendo. Pero sabía que la cosa no iba a funcionar. Un par de inquilinos me había visto en la escalera; una mujer me había sorprendido al salir del retrete. Todas las mañanas esperaba que la casera viniera a golpearme la puerta. No sabía qué podía pasar. A lo mejor nada. A lo mejor algo. Pero la espera me ponía nervioso.
El sudor del cuerpo se me estaba enfriando. En el piso de abajo había una radio que sintonizaba Breakfast Symphony. Pasaban Beethoven. Me incorporé y encendí un cigarrillo. “Peter —dije—, no dejes que te maten de miedo. Tú también eres un hombre”. Me quedé escuchando a Ludwig y mirando el humo que ascendía al techo sucio. Por entre los tambores y cuernos de Ludwig intenté oír pasos en la escalera.
Había viajado mucho en la vida. Había dado tumbos por St. Louis, San Francisco, Seattle, Detroit, Nueva Orleans; había trabajado más o menos de todo. Había huido de la casa de mi vieja más o menos a los dieciséis años. Ella no había podido conmigo. Nunca serás más que un vago, me decía. Vivíamos en una vieja casucha de un pueblo de Nueva Jersey, en la zona negra del pueblo, la clase de vivienda en la que la gente de color vive por todos los Estados Unidos. Yo odiaba a mi madre por vivir ahí. Odiaba a toda la gente del barrio. Iban a misa y se emborrachaban. Eran amables con los blancos. Cuando venía el dueño le pagaban y soportaban sus idioteces.
La primera vez que me llamaron “negrata” fue a los siete años. Lo hizo una nenita blanca de largos rulos negros. Yo solía salir por la puerta de casa e irme a dar vueltas solo por el pueblo. Aquella nenita estaba jugando sola con una pelota y, cuando pasé, la pelota se le cayó de las manos y rodó hacia la cuneta.
Se la lancé.
—Juguemos a pasarla —dije.
Pero ella aferró la pelota e hizo una mueca.
—Mi madre no me deja jugar con negratas —dijo.
Yo no sabía qué significaba esa palabra. Pero la piel se me calentó. Le saqué la lengua.
—No me importa. Guárdate tu pelota —dije y eché a andar por la calle.
Me gritó:
—¡Negrata, negrata, negrata!
Yo le grité a ella:
—Más negrata será tu madre.
Le pregunté a mi madre qué quería decir “negrata”.
—¿Quién te llamó así?
—Se lo oí decir a alguien.
—¿Quién?
—Una persona.
—Ve a lavarte la cara —dijo ella—. Estás hecho una mugre. La cena está servida.
Fui al baño y me eché agua en la cara y me sequé la cara y las manos con la toalla.
—¿Te parece que estás limpio? —gritó mi madre—. ¡Ven aquí!
Me llevó a rastras al baño y empezó enjabonarme la cara y el cuello.
—Si vas por ahí así de sucio todo el tiempo, todo el mundo te va a llamar “negrata”, ¿entiendes? —Me enjuagó la cara y me miró las manos y me secó—. Vamos, ve a comer.
No dije nada. Fui a la cocina y me senté a la mesa. Recuerdo que tenía ganas de llorar. Mi madre se sentó enfrente de mí.
—Mamá —dije. Me miró. Rompí a llorar.
Rodeó la mesa hasta donde yo estaba y me estrechó en sus brazos.
—Cariño, no te preocupes. La próxima vez que alguien te llame “negrata” les dices que prefieres tener la piel de tu color a ser miserable y cruel como lo son algunos blancos.
Cuando crecí, mis amigos y yo formamos pandillas. Nos enfrentábamos con chicos blancos y sus amigos alambradas de por medio, y nos arrojábamos piedras y latas los unos a los otros.
Yo volvía a casa sangrando. Mi madre me abofeteaba y se enojaba conmigo y se echaba a llorar.
—¿Quieres que te maten? ¿Quieres terminar como tu padre?
Mi padre era un vago y yo nunca lo había visto. Me habían puesto su nombre: Peter.
Siempre me metía en líos: con los que controlaban la asistencia a clase, con los asistentes sociales, con toda la gente del pueblo.
—Nunca serás más que un vago —decía mi madre.
Con el tiempo los chicos más grandes a los que conocía terminaron el colegio y empezaron a trabajar y se casaron y sentaron cabeza. Iban a sentar cabeza y traer más niños negros al mundo y pagar los mismos alquileres por las mismas casuchas decrépitas y así seguiría la cosa…
A los dieciséis años me fui de casa. Dejé una nota diciéndole a mamá que no se preocupara: un día volvería y estaría bien. Pero cuando yo tenía veintidós años ella murió. Volví y enterré a mi madre. Todo seguía igual. La casa estaba sin pintar y el suelo de la galería se hundía y alguien había dejado un impermeable en la ventana rota. Una nueva familia se estaba mudando allí.
Sus muebles estaban apilados contra las paredes y los niños correteaban por la casa y reían y alguien freía chuletas de cerdo en la cocina. El mayor de los chicos estaba colocando un espejo.
El año pasado Ida me llevó de paseo en su cochazo y pasamos por un par de pueblos del estado de Nueva York. Vimos unas casas destartaladas a nuestra izquierda. La ropa colgada flameaba al viento.
—¿Ahí vive gente? —preguntó Ida.
—Solamente negros —dije.
Ida adelantó un coche, haciendo sonar furiosamente la bocina.
—¿Sabías que te estás volviendo paranoico, Peter?
—Ya, ya. Sé que un montón de blancos también pasan hambre.
—Pues claro que sí. Yo misma sé lo que es la pobreza.
Ida provenía de esa clase de familias llamadas chabolistas irlandeses. Se había criado en Boston. Es una mujer muy hermosa que se casó joven y se casó por dinero: así que ahora puedo permitirme mantener a jóvenes atractivos, decía riéndose. Su marido era un bailarín de ballet que estaba siempre de gira. Ida sospechaba que le tiraban los chicos. Me importa un bledo, decía, con tal de que me deje en paz. Hace un año, cuando nos conocimos, ella tenía treinta y yo veinticinco. Teníamos una relación bastante tormentosa pero nos seguíamos viendo. Cada vez que yo llegaba a la ciudad, la llamaba; cuando quedaba varado fuera de la ciudad, le avisaba. Nunca nos lo tomamos demasiado en serio. Ella se dedicaba a lo suyo y yo a lo mío.
De tanto andar de un lado para otro yo había aprendido un par de cosas. Así como un campeón de boxeo aprende a encajar los golpes o un bailarín aprende a caerse, aprendí a arreglármelas. Aprendí a nunca llevarle la contra a un policía, por ejemplo. No importaba quién tuviera razón, seguro que yo me equivocaba. Lo que en otra persona quizá se aceptara como una buena dosis de independencia norteamericana en mí se vería como insoportable arrogancia. Después de unas cuantas veces me di cuenta de que debía jugar bien mis cartas, meterme en el papel que se esperaba que interpretara. Tenía una sola cabeza y era muy fácil que me la rompieran. Delante de un policía actuaba como si no tuviera idea de nada. Dejaba la boca abierta y abría bien grandes los ojos. No me hacía el vivo al contestarle, nada de tonterías sobre mis derechos. Adivinaba las respuestas que quería oír y se las daba. Nunca le daba a entender que él no era el rey. Si se trataba de algo más que una cuestión de rutina, si me detenían bajo sospecha de un robo o un asesinato ocurrido en el barrio, trataba de parecer todo lo humilde posible y cerraba la boca y rezaba. Me dieron un par de palizas, pero nunca me metieron en la cárcel ni acabé en una cadena de presidiarios. En eso también ayudó la suerte, me señaló una vez Ida.
—Tal vez habría sido mejor para ti que tuvieras menos suerte. Hay cosas peores que las cadenas de presidiarios. Tú las has experimentado.
Su voz sonaba rara.
—¿Pero qué dices? —le pregunté.
—No te pongas así. Dije “tal vez”.
—¿Insinúas que soy un cobarde?
—Yo no dije eso, Peter.
—Pero lo insinuaste, ¿no?
—No. No insinué eso ni ninguna otra cosa. No peleemos.
Hay momentos y lugares en que un hombre negro puede usar su color como un escudo. Puede aprovechar la culpa subterránea anglosajona para conseguir lo que quiere; al menos en parte. Puede sacar provecho de ser una molestia, de ser un fruto prohibido; puede usar eso como un cuchillo, hurgar en la herida y vengarse así. Supe estas cosas mucho antes de saber que las sabía, y al principio las usé sin saber qué hacía. Después, al darme cuenta, me sentí traicionado. Me sentí derrotado como persona. Había perdido toda honestidad.
Eso ocurrió el año anterior a conocer a Ida. Llevaba un tiempo actuando en compañías de repertorio y pequeños teatros. La gente me trataba bien. Me decía que tenía talento. Lo decían con tristeza, como si pensaran: qué pena, nunca llegará a nada. A la larga empezaron a molestarme los elogios y empezó a molestarme la compasión y me preguntaba qué se le cruzaría por la cabeza a la gente cuando me daba la mano. En Nueva York conocí gente de primera; tranquila, bebedora, sobrevivientes; y les caía bien; y no sabía si debía fiarme de ellos; si aún era capaz de fiarme de alguien. No por fuera, donde quedaba a la vista de todos, sino por dentro, donde todo el mundo vive.
Pronto tendría que levantarme. Seguí escuchando a Ludwig. La música hacía temblar la pequeña habitación como los pasos de un gigante que marchara a lo lejos. Las tardes de verano (y quizá este verano lo hiciéramos) Jules, Ida y yo íbamos al estadio y nos sentábamos en las frescas gradas de cemento junto a las columnas. Desde allí me parecía que el cielo estaba muy lejos; me dejaba ir, ligero como si flotara. Nunca hablábamos, nosotros tres. Nos quedábamos sentados mirando el humo azul enredarse en el aire y las puntas anaranjadas de los cigarrillos. De cuando en cuando, los vendedores de palomitas y gaseosas y helados subían los altos escalones charlando; y entonces Ida se movía un poco y se tocaba el pelo negro azulado; y Jules fruncía el ceño. Me sentaba con una rodilla recogida, contemplando la medialuna iluminada abajo, el director que se esforzaba vestido con su chaqueta negra, los hombres sin rostro a sus pies, moviéndose al unísono como el mar. Había pausas en la música en las que se oía el piano atropellado, cantarín, vacilante. Todo se detenía excepto el ascenso del solista: llegaba en solitario hasta las alturas, hasta que le daban alcance, primero los violines y luego los cuernos; luego el grave contrabajo triste y la flauta y los tambores irritados y estrepitosos; redoblando, redoblando y subiendo juntos para culminar en una explosión como un amanecer. La primera vez que escuché El Mesías estaba solo; mi sangre hirvió como fuego y vino; rompí a llorar, como un niño que pidiera llorando leche materna, o un pecador que corriera hacia Jesús.
Ahora tras la música oí pasos en la escalera. Apagué el cigarrillo. El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a destrozar el pecho. Alguien golpeó a la puerta.
Pensé: no abras. Quizá se vaya.
Pero los golpes se repitieron, ahora con más fuerza.
Un momento, dije. Me senté al borde de la cama y me puse la bata. Temblaba como un idiota. Cielo santo, Peter, ni que fuera la primera vez. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Te quedarás sin habitación. El mundo está lleno de habitaciones.
Al abrir la puerta me encontré a la casera ahí de pie, con la cara blanca y roja y hecha una furia.
—¿Quién es usted? Yo no le alquilé la habitación a usted.
Yo tenía la boca seca. Balbuceé algo.
—No puedo aceptar gente de color —dijo—. Todos los inquilinos se quejan. Las mujeres tienen miedo al volver de noche.
—De mí no tienen nada que temer —dije. No podía levantar la voz; se me atoraba en la garganta; y estaba empezando a enfadarme. Tuve ganas de matarla—. Mi amigo me alquiló esta habitación —dije.
—Bueno, lo siento, no tenía derecho a hacerlo, no tengo nada en contra de usted, pero tiene que irse.
Sus gafas parpadearon, opacas bajo la luz del descansillo. Estaba muerta de miedo. Me tenía miedo a mí, pero más aún a quedarse sin inquilinos. La furia y el terror le manchaban la cara, respiraba con premura y la saliva se le juntaba en las comisuras de la boca; su aliento olía mal, como una hamburguesa podrida un día de julio.
—No me puede echar —dije—. Esta habitación está alquilada a mi nombre. —Empecé a cerrar la puerta como dando el asunto por terminado—. Vivo aquí, ¿entiende?, es mi habitación, no me puede echar.
—¡Salga de mi casa! —gritó—. ¡Tengo derecho a saber quién vive en mi casa! Este es un barrio blanco, no le alquilo a la gente de color. ¿Por qué no se va al barrio donde pertenece?
—No aguanto a los negratas —dije. Hice ademán de cerrar de nuevo la puerta, pero ella se adelantó y puso el pie en el medio. Tuve ganas de matarla, me quedé mirando su estúpida cara blanca asustada y arrugada y tuve ganas de agarrar un mazo, un hacha, y descargarlos con todas mis fuerzas para partirle el cráneo por la mitad, justo donde se hacía la raya del pelo gris acero.
—Salga de la puerta —dije—. Quiero vestirme.
Pero me supe derrotado, camino de la salida. Nos quedamos mirando el uno al otro. Ninguno se movió. De ella emanaba una mezcla de terror y furia y algo más. Cerda llena de gusanos, pensé. Dije con malicia:
—¿Quiere pasar y mirarme?
No se mosqueó, no quitó el pie de la puerta. Me escocía la piel, unas agujitas calientes me pinchaban la carne. Sentía mi cuerpo bajo la bata; y era como si años atrás hubiese hecho algo malo, algo monstruoso que nadie había olvidado y por lo que me matarían.
—Si no se marcha —dijo—, llamaré a un policía para que lo eche.
Agarré la puerta para evitar tocarla a ella.
—De acuerdo, de acuerdo. Quédese con la maldita habitación. Ahora salga y déjeme vestirme.
Se fue. Cerré de un portazo. La oí bajar la escalera. Metí mis cosas en la maleta. Traté de tomarme todo el tiempo del mundo, pero me corté al afeitarme por el miedo a que ella volviera con un policía.
Jules preparaba café cuando entré en su casa.
—Buenos días, buenos días. ¿Pero qué pasó?
—Me quedé sin cuarto en la pensión —dije—. Sírvele una taza de café al malfamado hijo de hombre.
Me senté y dejé la maleta en el suelo. Jules me miró.
—Ah, en fin. Marchando un café.
Sacó las tazas. Encendí un cigarrillo y me quedé sentado. No se me ocurría nada que decir. Sabía que Jules se sentía mal y quería decirle que no era culpa suya.
Me acercó el café y el azúcar y la leche.
—Ánimo, cariño. El mundo es ancho y la vida… la vida es muy larga.
—Cállate. No me vengas con tu filosofía barata.
—Perdón.
—Quiero decir, no hablemos de lo bueno, lo verdadero y lo bello.
—De acuerdo. Pero no te quedes ahí tan modosito. Grita si te hace falta.
—Con gritar no se gana nada. Y además ya estoy grande.
Revolví el café.
—¿Le diste pelea a la casera? —preguntó Jules.
Negué con la cabeza:
—No.
—¿Y por qué cuernos no?
Me encogí de hombros, con un poco de vergüenza. Había sido una batalla perdida. Maldita sea.
—A lo mejor ganabas. A lo mejor le hacías pasar un mal momento.
—Al diablo con todo, estoy harto. ¿No puedo conseguir un lugar donde dormir sin antes pasar por los tribunales? Estoy hasta las narices de pelearme con todos por cosas que el resto del mundo da por sentado. ¡Estoy cansado, macho, cansadísimo! ¿Alguna vez te has sentido totalmente asqueado de algo? Así me siento yo. Y tengo miedo. Llevo tanto tiempo peleando que ya no soy una persona. No soy Booker T. Washington. No tengo intenciones de emancipar a nadie. Solo quiero emanciparme yo. Si las cosas siguen así, acabaré en el manicomio, me volaré la tapa de los sesos, le romperé la cabeza a alguien. No me preocupa el cuartucho ese. Me preocupa lo que me pasa a mí, a mí, por dentro. Ya no camino por la calle, me arrastro. Nunca había llegado a este punto. Ahora, cada vez que voy a un sitio desconocido, pienso en qué pasará, si me aceptarán y, si lo hacen, si seré capaz de aceptar…
—Tranquilo —dijo Jules.
—Jules, no puedo más.
—No digas eso, vamos. Bébete el café.
—Ah —protesté—. Sé que crees que estoy dramatizando, que me he vuelto paranoico y que me invento problemas. Quizás a veces sea cierto. ¿Cómo saberlo? Uno se acostumbra tanto a que lo golpeen que al final siempre se lo espera. Sí, ya lo sé, tú eres judío, a ti también te zarandean, pero tú puedes entrar en un bar sin que nadie sepa que eres judío, y si buscas trabajo conseguirás uno mejor que yo. ¿Cómo puedo decirte la sensación que tengo? No lo sé. Sé que todo el mundo tiene problemas y que nada es fácil, pero ¿cómo te puedo explicar cuál es la sensación de ser negro cuando yo no la entiendo ni quiero entenderla para pasarme la vida tratando de olvidarla? No quiero odiar a nadie, pero ahora, quizá, tampoco puedo amar a nadie. ¿Somos amigos? ¿Realmente podemos ser amigos?
—Somos amigos —dijo Jules—. Por eso no te preocupes. —Frunció el ceño—. Si no fuera judío te preguntaría por qué no vives en Harlem. —Lo miré. Hizo un gesto conciliatorio y sonrió—. Pero lo soy, así que no te lo pregunto. Ay, Peter, no sé qué decirte. Ve a dar un paseo, emborráchate, estamos todos en el mismo barco.
Me puse de pie.
—Volveré más tarde. Discúlpame.
—No te disculpes. Dejaré la puerta abierta. Puedes acampar aquí unos días.
—Gracias —dije.
Sentí que me ahogaba, que el odio me corrompía como un cáncer de huesos.
Fui a cenar con Ida. Nos encontramos en un restaurante del Village, un local italiano en un sótano oscuro con velas en las mesas.
No estaba muy concurrido, por lo que di las gracias. Cuando entré, solo había dos otras parejas al otro lado del salón. Nadie me miró. Me senté en un reservado de un rincón y pedí un old-fashioned. Ida llegó con retraso y para entonces me había tomado tres.
Estaba espléndida, con un vestido negro de cuello alto y una gargantilla de perlas; y su cabello, peinado al estilo page, le caía hasta justo por debajo de las orejas.
—Estás divina, cariño.
—Gracias. Me tomó quince minutos de más, pero tenía la esperanza de que valdría la pena.
—Valió la pena. ¿Qué quieres beber?
—¿Qué estás bebiendo tú?
—Old-fashioneds.
Aspiró por la nariz y me miró:
—¿Cuántos?
Me reí:
—Tres.
—Bueno —dijo—, supongo que algo tenías que hacer.
Se acercó el camarero. Pedimos un Manhattan y una lasaña y unos espaguetis con salsa de almejas y otro old-fashioned para mí.
—¿Tuviste un día productivo, cariño? ¿Conseguiste trabajo?
—Hoy no —dije. Encendí un cigarrillo—. La Metro me ofreció una fortuna para irme a la Costa Oeste e interpretar el papel protagónico de Hijo nativo, pero lo rechacé. Encasillamiento puro. Es tan difícil conseguir un papel decente.
—Bueno, si no te consiguen un papel decente pronto, diles que volverás con Selznick. Él sí que te encontrará papeles con carácter. Ah, ¡cómo se les ocurre ofrecerte Hijo nativo! Yo no lo permitiría.
—Ni que lo digas. Les dije que si no conseguían un guion decente en dos semanas me marchaba, así de simple.
—Bien dicho, mi querido Peter.
Nos trajeron las bebidas y nos quedamos en silencio por un minuto o dos. Bebí la mitad de mi trago de un sorbo y me puse a jugar con los escarbadientes de la mesa. Sentía que Ida me miraba.
—Peter, te vas a poner totalmente borracho.
—Chiquilla mía, lo primero que aprende un caballero sureño es a ser un buen bebedor.
—Eso es un mito más viejo que Matusalén. Y además tú eres de Nueva Jersey.
Me terminé el trago y le solté:
—Y tanto vale como el sur.
Me di cuenta de que, al otro lado de la mesa, ella se estaba preparando para el conflicto: apretó ligeramente la boca y tensó el mentón de tal manera que se le marcó su leve hoyuelo.
—¿Qué te pasó hoy?
Me molestó su preocupación; me molestó mi necesidad.
—Nada de lo que valga la pena comentar —murmuré—. Solo un estado de ánimo.
E intenté sonreírle, eliminar la amargura.
—Pero sé que te pasa algo. Cuéntame.
Sonaba de lo más trivial.
—¿Recuerdas la habitación que me encontró Jules? Bueno, hoy la casera me puso de patitas en la calle.
—Dios salve a la república americana —dijo Ida—. ¿Quieres gastar algo del dinero de mi marido? Podríamos demandarla.
—Olvídalo. Acabaría poniendo demandas en todos los estados de la Unión.
—Aun así, como un gesto…
—Al diablo con los gestos. Ya me las arreglaré…
Llegó la comida. No tenía apetito. El primer bocado me golpeó el estómago como un gong. Ida empezó a cortar la lasaña.
—Peter —dijo—, trata de no sentirte tan mal. Estamos todos en el mismo barco, en todo el mundo. No te dejes abrumar. Hay que aprender a vivir con lo que no se puede evitar.
—Para ti es fácil decirlo —le contesté.
Me miró fugazmente y apartó la vista.
—Tampoco creo que sea fácil hacerlo —dijo.
Me parecía que Ida no podía entenderlo realmente; y yo no tenía nada que decir. Me quedé sentado como un niño al que regañan, mirando mi plato, sin abrir la boca. Quería que ella dejara de hablar, que dejara de considerar la cuestión con inteligencia, que dejara de demostrar calma y madurez; Dios mío, ninguno de nosotros ha madurado, ni lo haremos nunca.
—Es igual en todas partes —decía ahora—. En Europa hay hambre y enfermedades, en Francia e Inglaterra odian a los judíos. Las cosas no cambian, cariño, la gente no tiene nada en la cabeza, ni en el corazón; siempre ha sido igual, la gente siempre trata de destruir lo que no comprende, y odia casi todo lo demás porque entiende muy poco.
Empecé a sudar en el reservado. Quería detener su voz. Quería que ella comiera y guardara silencio y me dejara en paz. Busqué al camarero con la vista para pedir otro trago, pero estaba en la otra punta del restaurante, sirviendo a unos clientes que acababan de entrar; había entrado mucha gente en el tiempo que llevábamos sentados.
—Peter —dijo Ida—. Por favor, Peter, no pongas esa cara.
Sonreí con sorna: la sonrisa pintada del payaso profesional.
—No te preocupes, cariño. Estoy bien. Ya sé lo que voy a hacer. Voy a volver a mis raíces con mi gente y me buscaré una linda moza negrata a la que hacerle una buena prole.
Ida tenía un viejo gesto maternal; la sonrisa la impulsó a usarlo en ese momento. Levantó el tenedor y me dio unos golpecitos en los nudillos.
—Basta. Ya estás grande para esas cosas.
Le grité y me puse de pie gritando y volqué la vela:
—¡No me hagas eso, zorra, nunca me hagas eso!
Agarró la vela y la enderezó y me fulminó con la mirada. Se había puesto completamente pálida.
—¡Siéntate! ¡Que te sientes!
Me dejé caer en el asiento. Mi estómago me pareció hecho de agua. Todo el mundo nos miraba. Me quedé helado, al ver lo mismo que los demás veían: un chico negro y una mujer blanca, solos. Sabía que por muy poco se me arrojarían encima.
—Lo siento —murmuré—. En serio, lo siento.
El camarero se materializó a mi lado.
—¿Todo en orden, señora?
—Sí, sí, gracias.
Sonaba como una princesa excusando a un esclavo. No levanté la vista. La sombra del camarero se alejó.
—Perdóname, cariño —dijo Ida—, perdóname, por favor.
Miré fijo el mantel. Puso su mano sobre la mía, claridad sobre oscuridad.
—Vámonos —dije—. Lo siento mucho.
Pidió la cuenta. Cuando volvió el camarero, le dio un billete de diez dólares sin siquiera mirarlo. Recogió su cartera.
—¿Quieres ir a un club nocturno o a ver una película o a alguna parte?
—No, cariño, esta noche no. —La miré—. Estoy cansado, creo que me iré a casa de Jules. Por un tiempo dormiré en el suelo de su casa. No te preocupes por mí. Estoy bien.
Se me quedó mirando. Dijo:
—¿Paso a verte mañana?
—Sí, cariño, por favor.
El camarero trajo el vuelto y ella le dio una propina. Nos levantamos; cuando pasamos delante de las mesas (sin mirar a la gente), el suelo parecía abrirse a mis pies, la puerta parecía imposiblemente alejada. Todos mis músculos se tensaron; estaba listo a dar un salto; esperaba a que me cayera el golpe.
Me metí las manos en los bolsillos y caminamos hasta la esquina. Los semáforos estaban en verde y rojo, las luces del teatro de enfrente se encendían en azul y amarillo, intermitentemente.
—¿Peter?
—¿Sí?
—¿Nos vemos mañana?
—Sí. Pásate por casa de Jules. Te estaré esperando.
—Buenas noches, cariño.
—Buenas noches.
Me alejé. Sentía sus ojos en mi espalda. Pateé la tapa de una botella que se hallaba en la acera.
Dios salve a la república americana.
Entré en el subterráneo y tomé un tren que se alejaba del centro, sin saber hacia dónde y sin que me importara. Me rodeaba gente anónima y aislada detrás de sus periódicos, su maquillaje, sus máscaras gordas y carnosas y sus ojos chatos. Contemplé las caras vacías. (Nadie me miró). Estudié los anuncios: mujeres y hombres irreales de mejillas rozagantes vendiendo cigarrillos, caramelos, crema de afeitar, camisones, goma de mascar, películas, sexo; sexo sin órganos, más seco que la arena y más secreto que la muerte. El tren paró. Subieron una chica y un chico blancos. Ella era bonita, pequeña, esbelta. Lindas piernas. Se colgaba del brazo de él. Él tenía pinta de jugador de fútbol americano, rubio, coloradote. Llevaban ropa de verano. El viento de la puerta le levantó a la chica el vestido estampado. Pegó un gritito, sosteniéndose el vestido a la altura de las rodillas, y rio y miró al chico. Él dijo algo que no alcancé a oír y ella me miró y la sonrisa se extinguió. La chica se posicionó de cara a él, dándome la espalda. Volví a mirar los anuncios. Y entonces los odié. Sentí ganas de hacerles daño, de romper aquella máscara de mejillas rozagantes. El blanquito y yo no volvimos a cruzar miradas. Bajaron en la parada siguiente.
Quería seguir bebiendo. Bajé en Harlem y fui al barsucho de la Séptima Avenida. Mi gente, mi gente. Unos tahúres mataban el tiempo en la esquina. Pasaban mujeres con vestidos de verano pavoneándose sobre sus tacones temblorosos. Clic clac. Clic clac. Circulaban por las calles policías blancos montados. En cada cuadra había además un policía de a pie. Vi un policía negro.
Dios salve a la república americana.
La máquina de discos pasaba “Hamps’ Boogie”. El local estaba a tope. Me acerqué al barman.
—Un whisky —dije.
Quedé al lado de una abuela.
—Hola, papi. ¿Qué me invitas?
—Cariño, no puedes ni levantarlo —le dije. Me sirvieron el whisky y bebí.
—Pero ¿quién te has creído, negrata? —dijo la mujer.
No le contesté. Se dio la vuelta y se concentró en su cerveza, con un gesto hosco y cansino y ofendido. La miré por el rabillo del ojo. Alguna vez había sido atractiva, incluso bonita, pero luego había agarrado la botella y se había metido en demasiadas camas. Ahora estaba fofa, y la carne se le abultaba por todas partes dentro de su vestido estrecho. Me pregunté cómo sería en la cama; luego me di cuenta de que me excitaba un poco; me reí y dejé el vaso en la barra.
—Otro —dije—. Y una cerveza para después.
La máquina de discos pasaba ahora otra canción, una música estridente y comercial que no me gustaba. Seguí bebiendo, escuchando las voces de mi gente, mirando las caras de mi gente. (Dios se apiade de nosotros, la república aterrada). Lamenté haber enfadado a la mujer que se hallaba a mi lado, entonces enfrascada en una conversación con una chica más joven. Quería encontrar un hueco, una señal, algo que me permitiera formar parte de la vida que me rodeaba. Pero lo único era mi color. Un intruso blanco hubiera visto al entrar a un joven negro bebiendo en un bar de gente negra como el pez en el agua, alguien en su sitio, como quien dice. Pero los de allí dentro notaban la diferencia, al igual que yo. Al parecer yo no tenía sitio.
Así que seguí bebiendo solo, diciéndome después de cada copa: ahora me voy. Pero tenía miedo; no quería dormir en el suelo de Jules; no quería irme a dormir. Seguí bebiendo y escuchando canciones. Ahora pasaban “Cow-Cow Boogie” de Ella Fitzgerald.
—Te invito un trago —le dije a la mujer.
Me miró sorprendida, recelosa, a punto de enfadarse.
—Lo digo en serio —dije. Intenté sonreír—. A las dos.
—Para mí una cerveza —dijo la joven.
Yo temblaba como un bebé. Apuré mi trago.
—Muy bien —dije. Me volví hacia el bar.
—Cariño —dijo la vieja—, ¿cuál es tu historia?
El barman puso tres cervezas sobre la barra.
—No tengo historia, mami —dije.
JAMES BALDWIN | ENGLISH
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Texto para prueba diagnóstica de 4to.
Condición Previa
James Baldwin
Del inglés: Martín Schifino
Desperté temblando, solo en mi habitación. Me cubría un sudor frío y pegajoso; las sábanas y el colchón estaban empapados. La sábana de arriba se había puesto gris y estaba retorcida como una cuerda. Yo respiraba como si hubiera estado corriendo.
Durante un rato larguísimo fui incapaz de moverme. Solo me quedé de espaldas, despatarrado, mirando el techo, escuchando los ruidos que hacía la gente al levantarse en otras partes de la casa, los despertadores que sonaban y el agua que salpicaba y las puertas que se abrían y los pasos por la escalera. Yo sabía cuándo la gente salía a trabajar: la puerta del pasillo de la planta baja rechinaba y se arrastraba al abrirse, y producía un curioso doble golpe al cerrarse. Un choque sordo y después otro más fuerte y al final un leve chasquido. Cuando la puerta estaba abierta también oía los sonidos de la calle, los cascos de los caballos y las carretas de reparto y la gente en las calles y grandes camiones y coches que chillaban sobre el asfalto.
Había estado soñando. De noche soñaba y por la mañana despertaba temblando, sin recordar el sueño, a excepción de que en él corría de un lado a otro. No recordaba cuándo había comenzado el sueño, o los sueños; hacía mucho. Durante largos periodos, quizá, no soñaba nada en absoluto. Y luego volvían, noche a noche: demoraba el momento de acostarme, me dormía con miedo y despertaba con miedo y tenía que vivir un día más con la pesadilla a mis espaldas. Me encontraba de vuelta de Chicago, sin un peso, viviendo de la caridad de mis amigos en un sucio cuarto amueblado del centro. En Chicago habían cancelado la obra en la que yo actuaba. Mi papel no era gran cosa, ni tampoco la obra, la verdad. Yo interpretaba a una especie de negro bueno intelectual, un joven universitario que se esforzaba en nombre de su raza. Supongo que el dramaturgo había querido demostrar que era un liberal. Pero, en fin, la obra se había cancelado y ahí estaba yo, en Nueva York y lleno de odio. Sabía que debía conseguir un nuevo empleo, ir a audiciones, patear las calles. Pero no lo hacía. No podía afrontarlo. Era verano. Me sentía exhausto. Y con cada día que pasaba me odiaba más. La vida del actor es dura, incluso si se es blanco. No soy alto ni soy guapo ni sé cantar ni bailar ni soy blanco; así que ni siquiera en los mejores momentos me llamaban mucho.
La habitación donde vivía era perfectamente cuadrada, tenía el techo abombado y paredes descascaradas color sangre seca. Me la había conseguido Jules Weissman, un chico judío. Es una habitación para dormir, dijo, o quizá para morir, pero Dios sabe que no fue pensada para vivir. Quizá por lo espantosa que era, la habitación tenía un fantástico conjunto de fuentes de luz: una en el techo, otra en la pared izquierda, dos en la derecha y una lámpara sobre la mesa de noche. Mi cama estaba enfrente de la ventana, por la que nunca soplaba nada sino polvo. La habitación se alquilaba amueblada, y habían arrumbado en ella suficientes cosas como para amueblar tres del mismo tamaño. Dos butacas y un escritorio, la cama, la mesa, una silla con respaldo recto, una biblioteca, un armario de cartón; y mis libros y mi maleta, desempacados; y mi ropa sucia tirada en un rincón. Era el tipo de habitación que a uno le quita el ánimo. También tenía una chimenea, y encima una pesada repisa de mármol y un espejo gris sobre la repisa. Era difícil ver nada claro en el espejo —lo que quizá tanto daba— y a cualquiera le hubiera costado la vida encender la chimenea.
—Bueno, no tienes que quedarte mucho tiempo —me dijo Jules cuando llegué. Jules me metió medio de contrabando, de noche, cuando todo el mundo se había ido a acostar.
—Cielos, espero que no.
—Pronto me mudaré a un apartamento más grande —dijo Jules—. Puedes venirte. —Encendió todas las luces—. ¿Crees que te servirá por un tiempo?
Parecía disculparse, como si él mismo hubiese diseñado la habitación.
—Sí, seguro. ¿Crees que me causarán problemas?
—No creo. El alquiler está pagado. La casera no te puede echar.
No respondí nada.
—Trata de que no te vean —dijo Jules—. Ya sabes.
—Entendido.
Llevaba tres días viviendo allí; me organizaba para salir después de que todos se fueran y volvía de noche cuando ya estaban durmiendo. Pero sabía que la cosa no iba a funcionar. Un par de inquilinos me había visto en la escalera; una mujer me había sorprendido al salir del retrete. Todas las mañanas esperaba que la casera viniera a golpearme la puerta. No sabía qué podía pasar. A lo mejor nada. A lo mejor algo. Pero la espera me ponía nervioso.
El sudor del cuerpo se me estaba enfriando. En el piso de abajo había una radio que sintonizaba Breakfast Symphony. Pasaban Beethoven. Me incorporé y encendí un cigarrillo. “Peter —dije—, no dejes que te maten de miedo. Tú también eres un hombre”. Me quedé escuchando a Ludwig y mirando el humo que ascendía al techo sucio. Por entre los tambores y cuernos de Ludwig intenté oír pasos en la escalera.
Había viajado mucho en la vida. Había dado tumbos por St. Louis, San Francisco, Seattle, Detroit, Nueva Orleans; había trabajado más o menos de todo. Había huido de la casa de mi vieja más o menos a los dieciséis años. Ella no había podido conmigo. Nunca serás más que un vago, me decía. Vivíamos en una vieja casucha de un pueblo de Nueva Jersey, en la zona negra del pueblo, la clase de vivienda en la que la gente de color vive por todos los Estados Unidos. Yo odiaba a mi madre por vivir ahí. Odiaba a toda la gente del barrio. Iban a misa y se emborrachaban. Eran amables con los blancos. Cuando venía el dueño le pagaban y soportaban sus idioteces.
La primera vez que me llamaron “negrata” fue a los siete años. Lo hizo una nenita blanca de largos rulos negros. Yo solía salir por la puerta de casa e irme a dar vueltas solo por el pueblo. Aquella nenita estaba jugando sola con una pelota y, cuando pasé, la pelota se le cayó de las manos y rodó hacia la cuneta.
Se la lancé.
—Juguemos a pasarla —dije.
Pero ella aferró la pelota e hizo una mueca.
—Mi madre no me deja jugar con negratas —dijo.
Yo no sabía qué significaba esa palabra. Pero la piel se me calentó. Le saqué la lengua.
—No me importa. Guárdate tu pelota —dije y eché a andar por la calle.
Me gritó:
—¡Negrata, negrata, negrata!
Yo le grité a ella:
—Más negrata será tu madre.
Le pregunté a mi madre qué quería decir “negrata”.
—¿Quién te llamó así?
—Se lo oí decir a alguien.
—¿Quién?
—Una persona.
—Ve a lavarte la cara —dijo ella—. Estás hecho una mugre. La cena está servida.
Fui al baño y me eché agua en la cara y me sequé la cara y las manos con la toalla.
—¿Te parece que estás limpio? —gritó mi madre—. ¡Ven aquí!
Me llevó a rastras al baño y empezó enjabonarme la cara y el cuello.
—Si vas por ahí así de sucio todo el tiempo, todo el mundo te va a llamar “negrata”, ¿entiendes? —Me enjuagó la cara y me miró las manos y me secó—. Vamos, ve a comer.
No dije nada. Fui a la cocina y me senté a la mesa. Recuerdo que tenía ganas de llorar. Mi madre se sentó enfrente de mí.
—Mamá —dije. Me miró. Rompí a llorar.
Rodeó la mesa hasta donde yo estaba y me estrechó en sus brazos.
—Cariño, no te preocupes. La próxima vez que alguien te llame “negrata” les dices que prefieres tener la piel de tu color a ser miserable y cruel como lo son algunos blancos.
Cuando crecí, mis amigos y yo formamos pandillas. Nos enfrentábamos con chicos blancos y sus amigos alambradas de por medio, y nos arrojábamos piedras y latas los unos a los otros.
Yo volvía a casa sangrando. Mi madre me abofeteaba y se enojaba conmigo y se echaba a llorar.
—¿Quieres que te maten? ¿Quieres terminar como tu padre?
Mi padre era un vago y yo nunca lo había visto. Me habían puesto su nombre: Peter.
Siempre me metía en líos: con los que controlaban la asistencia a clase, con los asistentes sociales, con toda la gente del pueblo.
—Nunca serás más que un vago —decía mi madre.
Con el tiempo los chicos más grandes a los que conocía terminaron el colegio y empezaron a trabajar y se casaron y sentaron cabeza. Iban a sentar cabeza y traer más niños negros al mundo y pagar los mismos alquileres por las mismas casuchas decrépitas y así seguiría la cosa…
A los dieciséis años me fui de casa. Dejé una nota diciéndole a mamá que no se preocupara: un día volvería y estaría bien. Pero cuando yo tenía veintidós años ella murió. Volví y enterré a mi madre. Todo seguía igual. La casa estaba sin pintar y el suelo de la galería se hundía y alguien había dejado un impermeable en la ventana rota. Una nueva familia se estaba mudando allí.
Sus muebles estaban apilados contra las paredes y los niños correteaban por la casa y reían y alguien freía chuletas de cerdo en la cocina. El mayor de los chicos estaba colocando un espejo.
El año pasado Ida me llevó de paseo en su cochazo y pasamos por un par de pueblos del estado de Nueva York. Vimos unas casas destartaladas a nuestra izquierda. La ropa colgada flameaba al viento.
—¿Ahí vive gente? —preguntó Ida.
—Solamente negros —dije.
Ida adelantó un coche, haciendo sonar furiosamente la bocina.
—¿Sabías que te estás volviendo paranoico, Peter?
—Ya, ya. Sé que un montón de blancos también pasan hambre.
—Pues claro que sí. Yo misma sé lo que es la pobreza.
Ida provenía de esa clase de familias llamadas chabolistas irlandeses. Se había criado en Boston. Es una mujer muy hermosa que se casó joven y se casó por dinero: así que ahora puedo permitirme mantener a jóvenes atractivos, decía riéndose. Su marido era un bailarín de ballet que estaba siempre de gira. Ida sospechaba que le tiraban los chicos. Me importa un bledo, decía, con tal de que me deje en paz. Hace un año, cuando nos conocimos, ella tenía treinta y yo veinticinco. Teníamos una relación bastante tormentosa pero nos seguíamos viendo. Cada vez que yo llegaba a la ciudad, la llamaba; cuando quedaba varado fuera de la ciudad, le avisaba. Nunca nos lo tomamos demasiado en serio. Ella se dedicaba a lo suyo y yo a lo mío.
De tanto andar de un lado para otro yo había aprendido un par de cosas. Así como un campeón de boxeo aprende a encajar los golpes o un bailarín aprende a caerse, aprendí a arreglármelas. Aprendí a nunca llevarle la contra a un policía, por ejemplo. No importaba quién tuviera razón, seguro que yo me equivocaba. Lo que en otra persona quizá se aceptara como una buena dosis de independencia norteamericana en mí se vería como insoportable arrogancia. Después de unas cuantas veces me di cuenta de que debía jugar bien mis cartas, meterme en el papel que se esperaba que interpretara. Tenía una sola cabeza y era muy fácil que me la rompieran. Delante de un policía actuaba como si no tuviera idea de nada. Dejaba la boca abierta y abría bien grandes los ojos. No me hacía el vivo al contestarle, nada de tonterías sobre mis derechos. Adivinaba las respuestas que quería oír y se las daba. Nunca le daba a entender que él no era el rey. Si se trataba de algo más que una cuestión de rutina, si me detenían bajo sospecha de un robo o un asesinato ocurrido en el barrio, trataba de parecer todo lo humilde posible y cerraba la boca y rezaba. Me dieron un par de palizas, pero nunca me metieron en la cárcel ni acabé en una cadena de presidiarios. En eso también ayudó la suerte, me señaló una vez Ida.
—Tal vez habría sido mejor para ti que tuvieras menos suerte. Hay cosas peores que las cadenas de presidiarios. Tú las has experimentado.
Su voz sonaba rara.
—¿Pero qué dices? —le pregunté.
—No te pongas así. Dije “tal vez”.
—¿Insinúas que soy un cobarde?
—Yo no dije eso, Peter.
—Pero lo insinuaste, ¿no?
—No. No insinué eso ni ninguna otra cosa. No peleemos.
Hay momentos y lugares en que un hombre negro puede usar su color como un escudo. Puede aprovechar la culpa subterránea anglosajona para conseguir lo que quiere; al menos en parte. Puede sacar provecho de ser una molestia, de ser un fruto prohibido; puede usar eso como un cuchillo, hurgar en la herida y vengarse así. Supe estas cosas mucho antes de saber que las sabía, y al principio las usé sin saber qué hacía. Después, al darme cuenta, me sentí traicionado. Me sentí derrotado como persona. Había perdido toda honestidad.
Eso ocurrió el año anterior a conocer a Ida. Llevaba un tiempo actuando en compañías de repertorio y pequeños teatros. La gente me trataba bien. Me decía que tenía talento. Lo decían con tristeza, como si pensaran: qué pena, nunca llegará a nada. A la larga empezaron a molestarme los elogios y empezó a molestarme la compasión y me preguntaba qué se le cruzaría por la cabeza a la gente cuando me daba la mano. En Nueva York conocí gente de primera; tranquila, bebedora, sobrevivientes; y les caía bien; y no sabía si debía fiarme de ellos; si aún era capaz de fiarme de alguien. No por fuera, donde quedaba a la vista de todos, sino por dentro, donde todo el mundo vive.
Pronto tendría que levantarme. Seguí escuchando a Ludwig. La música hacía temblar la pequeña habitación como los pasos de un gigante que marchara a lo lejos. Las tardes de verano (y quizá este verano lo hiciéramos) Jules, Ida y yo íbamos al estadio y nos sentábamos en las frescas gradas de cemento junto a las columnas. Desde allí me parecía que el cielo estaba muy lejos; me dejaba ir, ligero como si flotara. Nunca hablábamos, nosotros tres. Nos quedábamos sentados mirando el humo azul enredarse en el aire y las puntas anaranjadas de los cigarrillos. De cuando en cuando, los vendedores de palomitas y gaseosas y helados subían los altos escalones charlando; y entonces Ida se movía un poco y se tocaba el pelo negro azulado; y Jules fruncía el ceño. Me sentaba con una rodilla recogida, contemplando la medialuna iluminada abajo, el director que se esforzaba vestido con su chaqueta negra, los hombres sin rostro a sus pies, moviéndose al unísono como el mar. Había pausas en la música en las que se oía el piano atropellado, cantarín, vacilante. Todo se detenía excepto el ascenso del solista: llegaba en solitario hasta las alturas, hasta que le daban alcance, primero los violines y luego los cuernos; luego el grave contrabajo triste y la flauta y los tambores irritados y estrepitosos; redoblando, redoblando y subiendo juntos para culminar en una explosión como un amanecer. La primera vez que escuché El Mesías estaba solo; mi sangre hirvió como fuego y vino; rompí a llorar, como un niño que pidiera llorando leche materna, o un pecador que corriera hacia Jesús.
Ahora tras la música oí pasos en la escalera. Apagué el cigarrillo. El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a destrozar el pecho. Alguien golpeó a la puerta.
Pensé: no abras. Quizá se vaya.
Pero los golpes se repitieron, ahora con más fuerza.
Un momento, dije. Me senté al borde de la cama y me puse la bata. Temblaba como un idiota. Cielo santo, Peter, ni que fuera la primera vez. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Te quedarás sin habitación. El mundo está lleno de habitaciones.
Al abrir la puerta me encontré a la casera ahí de pie, con la cara blanca y roja y hecha una furia.
—¿Quién es usted? Yo no le alquilé la habitación a usted.
Yo tenía la boca seca. Balbuceé algo.
—No puedo aceptar gente de color —dijo—. Todos los inquilinos se quejan. Las mujeres tienen miedo al volver de noche.
—De mí no tienen nada que temer —dije. No podía levantar la voz; se me atoraba en la garganta; y estaba empezando a enfadarme. Tuve ganas de matarla—. Mi amigo me alquiló esta habitación —dije.
—Bueno, lo siento, no tenía derecho a hacerlo, no tengo nada en contra de usted, pero tiene que irse.
Sus gafas parpadearon, opacas bajo la luz del descansillo. Estaba muerta de miedo. Me tenía miedo a mí, pero más aún a quedarse sin inquilinos. La furia y el terror le manchaban la cara, respiraba con premura y la saliva se le juntaba en las comisuras de la boca; su aliento olía mal, como una hamburguesa podrida un día de julio.
—No me puede echar —dije—. Esta habitación está alquilada a mi nombre. —Empecé a cerrar la puerta como dando el asunto por terminado—. Vivo aquí, ¿entiende?, es mi habitación, no me puede echar.
—¡Salga de mi casa! —gritó—. ¡Tengo derecho a saber quién vive en mi casa! Este es un barrio blanco, no le alquilo a la gente de color. ¿Por qué no se va al barrio donde pertenece?
—No aguanto a los negratas —dije. Hice ademán de cerrar de nuevo la puerta, pero ella se adelantó y puso el pie en el medio. Tuve ganas de matarla, me quedé mirando su estúpida cara blanca asustada y arrugada y tuve ganas de agarrar un mazo, un hacha, y descargarlos con todas mis fuerzas para partirle el cráneo por la mitad, justo donde se hacía la raya del pelo gris acero.
—Salga de la puerta —dije—. Quiero vestirme.
Pero me supe derrotado, camino de la salida. Nos quedamos mirando el uno al otro. Ninguno se movió. De ella emanaba una mezcla de terror y furia y algo más. Cerda llena de gusanos, pensé. Dije con malicia:
—¿Quiere pasar y mirarme?
No se mosqueó, no quitó el pie de la puerta. Me escocía la piel, unas agujitas calientes me pinchaban la carne. Sentía mi cuerpo bajo la bata; y era como si años atrás hubiese hecho algo malo, algo monstruoso que nadie había olvidado y por lo que me matarían.
—Si no se marcha —dijo—, llamaré a un policía para que lo eche.
Agarré la puerta para evitar tocarla a ella.
—De acuerdo, de acuerdo. Quédese con la maldita habitación. Ahora salga y déjeme vestirme.
Se fue. Cerré de un portazo. La oí bajar la escalera. Metí mis cosas en la maleta. Traté de tomarme todo el tiempo del mundo, pero me corté al afeitarme por el miedo a que ella volviera con un policía.
Jules preparaba café cuando entré en su casa.
—Buenos días, buenos días. ¿Pero qué pasó?
—Me quedé sin cuarto en la pensión —dije—. Sírvele una taza de café al malfamado hijo de hombre.
Me senté y dejé la maleta en el suelo. Jules me miró.
—Ah, en fin. Marchando un café.
Sacó las tazas. Encendí un cigarrillo y me quedé sentado. No se me ocurría nada que decir. Sabía que Jules se sentía mal y quería decirle que no era culpa suya.
Me acercó el café y el azúcar y la leche.
—Ánimo, cariño. El mundo es ancho y la vida… la vida es muy larga.
—Cállate. No me vengas con tu filosofía barata.
—Perdón.
—Quiero decir, no hablemos de lo bueno, lo verdadero y lo bello.
—De acuerdo. Pero no te quedes ahí tan modosito. Grita si te hace falta.
—Con gritar no se gana nada. Y además ya estoy grande.
Revolví el café.
—¿Le diste pelea a la casera? —preguntó Jules.
Negué con la cabeza:
—No.
—¿Y por qué cuernos no?
Me encogí de hombros, con un poco de vergüenza. Había sido una batalla perdida. Maldita sea.
—A lo mejor ganabas. A lo mejor le hacías pasar un mal momento.
—Al diablo con todo, estoy harto. ¿No puedo conseguir un lugar donde dormir sin antes pasar por los tribunales? Estoy hasta las narices de pelearme con todos por cosas que el resto del mundo da por sentado. ¡Estoy cansado, macho, cansadísimo! ¿Alguna vez te has sentido totalmente asqueado de algo? Así me siento yo. Y tengo miedo. Llevo tanto tiempo peleando que ya no soy una persona. No soy Booker T. Washington. No tengo intenciones de emancipar a nadie. Solo quiero emanciparme yo. Si las cosas siguen así, acabaré en el manicomio, me volaré la tapa de los sesos, le romperé la cabeza a alguien. No me preocupa el cuartucho ese. Me preocupa lo que me pasa a mí, a mí, por dentro. Ya no camino por la calle, me arrastro. Nunca había llegado a este punto. Ahora, cada vez que voy a un sitio desconocido, pienso en qué pasará, si me aceptarán y, si lo hacen, si seré capaz de aceptar…
—Tranquilo —dijo Jules.
—Jules, no puedo más.
—No digas eso, vamos. Bébete el café.
—Ah —protesté—. Sé que crees que estoy dramatizando, que me he vuelto paranoico y que me invento problemas. Quizás a veces sea cierto. ¿Cómo saberlo? Uno se acostumbra tanto a que lo golpeen que al final siempre se lo espera. Sí, ya lo sé, tú eres judío, a ti también te zarandean, pero tú puedes entrar en un bar sin que nadie sepa que eres judío, y si buscas trabajo conseguirás uno mejor que yo. ¿Cómo puedo decirte la sensación que tengo? No lo sé. Sé que todo el mundo tiene problemas y que nada es fácil, pero ¿cómo te puedo explicar cuál es la sensación de ser negro cuando yo no la entiendo ni quiero entenderla para pasarme la vida tratando de olvidarla? No quiero odiar a nadie, pero ahora, quizá, tampoco puedo amar a nadie. ¿Somos amigos? ¿Realmente podemos ser amigos?
—Somos amigos —dijo Jules—. Por eso no te preocupes. —Frunció el ceño—. Si no fuera judío te preguntaría por qué no vives en Harlem. —Lo miré. Hizo un gesto conciliatorio y sonrió—. Pero lo soy, así que no te lo pregunto. Ay, Peter, no sé qué decirte. Ve a dar un paseo, emborráchate, estamos todos en el mismo barco.
Me puse de pie.
—Volveré más tarde. Discúlpame.
—No te disculpes. Dejaré la puerta abierta. Puedes acampar aquí unos días.
—Gracias —dije.
Sentí que me ahogaba, que el odio me corrompía como un cáncer de huesos.
Fui a cenar con Ida. Nos encontramos en un restaurante del Village, un local italiano en un sótano oscuro con velas en las mesas.
No estaba muy concurrido, por lo que di las gracias. Cuando entré, solo había dos otras parejas al otro lado del salón. Nadie me miró. Me senté en un reservado de un rincón y pedí un old-fashioned. Ida llegó con retraso y para entonces me había tomado tres.
Estaba espléndida, con un vestido negro de cuello alto y una gargantilla de perlas; y su cabello, peinado al estilo page, le caía hasta justo por debajo de las orejas.
—Estás divina, cariño.
—Gracias. Me tomó quince minutos de más, pero tenía la esperanza de que valdría la pena.
—Valió la pena. ¿Qué quieres beber?
—¿Qué estás bebiendo tú?
—Old-fashioneds.
Aspiró por la nariz y me miró:
—¿Cuántos?
Me reí:
—Tres.
—Bueno —dijo—, supongo que algo tenías que hacer.
Se acercó el camarero. Pedimos un Manhattan y una lasaña y unos espaguetis con salsa de almejas y otro old-fashioned para mí.
—¿Tuviste un día productivo, cariño? ¿Conseguiste trabajo?
—Hoy no —dije. Encendí un cigarrillo—. La Metro me ofreció una fortuna para irme a la Costa Oeste e interpretar el papel protagónico de Hijo nativo, pero lo rechacé. Encasillamiento puro. Es tan difícil conseguir un papel decente.
—Bueno, si no te consiguen un papel decente pronto, diles que volverás con Selznick. Él sí que te encontrará papeles con carácter. Ah, ¡cómo se les ocurre ofrecerte Hijo nativo! Yo no lo permitiría.
—Ni que lo digas. Les dije que si no conseguían un guion decente en dos semanas me marchaba, así de simple.
—Bien dicho, mi querido Peter.
Nos trajeron las bebidas y nos quedamos en silencio por un minuto o dos. Bebí la mitad de mi trago de un sorbo y me puse a jugar con los escarbadientes de la mesa. Sentía que Ida me miraba.
—Peter, te vas a poner totalmente borracho.
—Chiquilla mía, lo primero que aprende un caballero sureño es a ser un buen bebedor.
—Eso es un mito más viejo que Matusalén. Y además tú eres de Nueva Jersey.
Me terminé el trago y le solté:
—Y tanto vale como el sur.
Me di cuenta de que, al otro lado de la mesa, ella se estaba preparando para el conflicto: apretó ligeramente la boca y tensó el mentón de tal manera que se le marcó su leve hoyuelo.
—¿Qué te pasó hoy?
Me molestó su preocupación; me molestó mi necesidad.
—Nada de lo que valga la pena comentar —murmuré—. Solo un estado de ánimo.
E intenté sonreírle, eliminar la amargura.
—Pero sé que te pasa algo. Cuéntame.
Sonaba de lo más trivial.
—¿Recuerdas la habitación que me encontró Jules? Bueno, hoy la casera me puso de patitas en la calle.
—Dios salve a la república americana —dijo Ida—. ¿Quieres gastar algo del dinero de mi marido? Podríamos demandarla.
—Olvídalo. Acabaría poniendo demandas en todos los estados de la Unión.
—Aun así, como un gesto…
—Al diablo con los gestos. Ya me las arreglaré…
Llegó la comida. No tenía apetito. El primer bocado me golpeó el estómago como un gong. Ida empezó a cortar la lasaña.
—Peter —dijo—, trata de no sentirte tan mal. Estamos todos en el mismo barco, en todo el mundo. No te dejes abrumar. Hay que aprender a vivir con lo que no se puede evitar.
—Para ti es fácil decirlo —le contesté.
Me miró fugazmente y apartó la vista.
—Tampoco creo que sea fácil hacerlo —dijo.
Me parecía que Ida no podía entenderlo realmente; y yo no tenía nada que decir. Me quedé sentado como un niño al que regañan, mirando mi plato, sin abrir la boca. Quería que ella dejara de hablar, que dejara de considerar la cuestión con inteligencia, que dejara de demostrar calma y madurez; Dios mío, ninguno de nosotros ha madurado, ni lo haremos nunca.
—Es igual en todas partes —decía ahora—. En Europa hay hambre y enfermedades, en Francia e Inglaterra odian a los judíos. Las cosas no cambian, cariño, la gente no tiene nada en la cabeza, ni en el corazón; siempre ha sido igual, la gente siempre trata de destruir lo que no comprende, y odia casi todo lo demás porque entiende muy poco.
Empecé a sudar en el reservado. Quería detener su voz. Quería que ella comiera y guardara silencio y me dejara en paz. Busqué al camarero con la vista para pedir otro trago, pero estaba en la otra punta del restaurante, sirviendo a unos clientes que acababan de entrar; había entrado mucha gente en el tiempo que llevábamos sentados.
—Peter —dijo Ida—. Por favor, Peter, no pongas esa cara.
Sonreí con sorna: la sonrisa pintada del payaso profesional.
—No te preocupes, cariño. Estoy bien. Ya sé lo que voy a hacer. Voy a volver a mis raíces con mi gente y me buscaré una linda moza negrata a la que hacerle una buena prole.
Ida tenía un viejo gesto maternal; la sonrisa la impulsó a usarlo en ese momento. Levantó el tenedor y me dio unos golpecitos en los nudillos.
—Basta. Ya estás grande para esas cosas.
Le grité y me puse de pie gritando y volqué la vela:
—¡No me hagas eso, zorra, nunca me hagas eso!
Agarró la vela y la enderezó y me fulminó con la mirada. Se había puesto completamente pálida.
—¡Siéntate! ¡Que te sientes!
Me dejé caer en el asiento. Mi estómago me pareció hecho de agua. Todo el mundo nos miraba. Me quedé helado, al ver lo mismo que los demás veían: un chico negro y una mujer blanca, solos. Sabía que por muy poco se me arrojarían encima.
—Lo siento —murmuré—. En serio, lo siento.
El camarero se materializó a mi lado.
—¿Todo en orden, señora?
—Sí, sí, gracias.
Sonaba como una princesa excusando a un esclavo. No levanté la vista. La sombra del camarero se alejó.
—Perdóname, cariño —dijo Ida—, perdóname, por favor.
Miré fijo el mantel. Puso su mano sobre la mía, claridad sobre oscuridad.
—Vámonos —dije—. Lo siento mucho.
Pidió la cuenta. Cuando volvió el camarero, le dio un billete de diez dólares sin siquiera mirarlo. Recogió su cartera.
—¿Quieres ir a un club nocturno o a ver una película o a alguna parte?
—No, cariño, esta noche no. —La miré—. Estoy cansado, creo que me iré a casa de Jules. Por un tiempo dormiré en el suelo de su casa. No te preocupes por mí. Estoy bien.
Se me quedó mirando. Dijo:
—¿Paso a verte mañana?
—Sí, cariño, por favor.
El camarero trajo el vuelto y ella le dio una propina. Nos levantamos; cuando pasamos delante de las mesas (sin mirar a la gente), el suelo parecía abrirse a mis pies, la puerta parecía imposiblemente alejada. Todos mis músculos se tensaron; estaba listo a dar un salto; esperaba a que me cayera el golpe.
Me metí las manos en los bolsillos y caminamos hasta la esquina. Los semáforos estaban en verde y rojo, las luces del teatro de enfrente se encendían en azul y amarillo, intermitentemente.
—¿Peter?
—¿Sí?
—¿Nos vemos mañana?
—Sí. Pásate por casa de Jules. Te estaré esperando.
—Buenas noches, cariño.
—Buenas noches.
Me alejé. Sentía sus ojos en mi espalda. Pateé la tapa de una botella que se hallaba en la acera.
Dios salve a la república americana.
Entré en el subterráneo y tomé un tren que se alejaba del centro, sin saber hacia dónde y sin que me importara. Me rodeaba gente anónima y aislada detrás de sus periódicos, su maquillaje, sus máscaras gordas y carnosas y sus ojos chatos. Contemplé las caras vacías. (Nadie me miró). Estudié los anuncios: mujeres y hombres irreales de mejillas rozagantes vendiendo cigarrillos, caramelos, crema de afeitar, camisones, goma de mascar, películas, sexo; sexo sin órganos, más seco que la arena y más secreto que la muerte. El tren paró. Subieron una chica y un chico blancos. Ella era bonita, pequeña, esbelta. Lindas piernas. Se colgaba del brazo de él. Él tenía pinta de jugador de fútbol americano, rubio, coloradote. Llevaban ropa de verano. El viento de la puerta le levantó a la chica el vestido estampado. Pegó un gritito, sosteniéndose el vestido a la altura de las rodillas, y rio y miró al chico. Él dijo algo que no alcancé a oír y ella me miró y la sonrisa se extinguió. La chica se posicionó de cara a él, dándome la espalda. Volví a mirar los anuncios. Y entonces los odié. Sentí ganas de hacerles daño, de romper aquella máscara de mejillas rozagantes. El blanquito y yo no volvimos a cruzar miradas. Bajaron en la parada siguiente.
Quería seguir bebiendo. Bajé en Harlem y fui al barsucho de la Séptima Avenida. Mi gente, mi gente. Unos tahúres mataban el tiempo en la esquina. Pasaban mujeres con vestidos de verano pavoneándose sobre sus tacones temblorosos. Clic clac. Clic clac. Circulaban por las calles policías blancos montados. En cada cuadra había además un policía de a pie. Vi un policía negro.
Dios salve a la república americana.
La máquina de discos pasaba “Hamps’ Boogie”. El local estaba a tope. Me acerqué al barman.
—Un whisky —dije.
Quedé al lado de una abuela.
—Hola, papi. ¿Qué me invitas?
—Cariño, no puedes ni levantarlo —le dije. Me sirvieron el whisky y bebí.
—Pero ¿quién te has creído, negrata? —dijo la mujer.
No le contesté. Se dio la vuelta y se concentró en su cerveza, con un gesto hosco y cansino y ofendido. La miré por el rabillo del ojo. Alguna vez había sido atractiva, incluso bonita, pero luego había agarrado la botella y se había metido en demasiadas camas. Ahora estaba fofa, y la carne se le abultaba por todas partes dentro de su vestido estrecho. Me pregunté cómo sería en la cama; luego me di cuenta de que me excitaba un poco; me reí y dejé el vaso en la barra.
—Otro —dije—. Y una cerveza para después.
La máquina de discos pasaba ahora otra canción, una música estridente y comercial que no me gustaba. Seguí bebiendo, escuchando las voces de mi gente, mirando las caras de mi gente. (Dios se apiade de nosotros, la república aterrada). Lamenté haber enfadado a la mujer que se hallaba a mi lado, entonces enfrascada en una conversación con una chica más joven. Quería encontrar un hueco, una señal, algo que me permitiera formar parte de la vida que me rodeaba. Pero lo único era mi color. Un intruso blanco hubiera visto al entrar a un joven negro bebiendo en un bar de gente negra como el pez en el agua, alguien en su sitio, como quien dice. Pero los de allí dentro notaban la diferencia, al igual que yo. Al parecer yo no tenía sitio.
Así que seguí bebiendo solo, diciéndome después de cada copa: ahora me voy. Pero tenía miedo; no quería dormir en el suelo de Jules; no quería irme a dormir. Seguí bebiendo y escuchando canciones. Ahora pasaban “Cow-Cow Boogie” de Ella Fitzgerald.
—Te invito un trago —le dije a la mujer.
Me miró sorprendida, recelosa, a punto de enfadarse.
—Lo digo en serio —dije. Intenté sonreír—. A las dos.
—Para mí una cerveza —dijo la joven.
Yo temblaba como un bebé. Apuré mi trago.
—Muy bien —dije. Me volví hacia el bar.
—Cariño —dijo la vieja—, ¿cuál es tu historia?
El barman puso tres cervezas sobre la barra.
—No tengo historia, mami —dije.
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lunes, 16 de mayo de 2016
Lenguaje Figurado
El lenguaje figurado
Este es un espacio reflexivo en donde a través de la práctica los discentes pueden afinar sus conocimientos. Héctor Santana, M.A.