Aquí mi visión de lo que es la reflexión educativa, una percepción nada concluyente, con suficiente luminucidad como para arrojar un poco de luz. Esperamos sus oportunos comentarios y, sepan que serán gratificados...
martes, 17 de octubre de 2017
lunes, 11 de septiembre de 2017
Segunda lectura
IGNACIO PADILLA
EL CARCINOMA DE SIAM
Mientras estuvo despierto, Cástor pudo constatar
cuánto le agradaban los hospitales. Le resultó tan grato estar allí, amortajado
en la luz abarcadora del quirófano, que todavía se atrevió a pedir a la
enfermera una anestesia local. Aunque el dolor en el costado seguía
atormentándolo, deseaba verlo y continuarlo to do, quería seguir la
intervención paso a paso, sin perder detalle. Ansiaba compartir las bromas
macabras de los cirujanos, sus instrucciones, sus cortes, y asistir a la
resurrección de su propio cuerpo como lo haría un testigo privilegiado, ya no
un protagonista.
Sabia, sin embargo, que difícilmente accederían
a su petición: la suya no sería una operación sencilla y mucho menos, como pudo
deducir del gesto escandalizado de la anestesista, un instante para tomarse las
cosas a broma. Con todo, apenas se le anubló la vista en un conteo regresivo y
ocioso, no pudo reprimir la risa que le provocó el reparador cosquilleo de la
inconciencia: era feliz y estaba en casa, se sabía casi dueño de su cuerpo y lo
sería por completo al despertar, cuando los médicos al fin hubiesen roto el
puente de carne y vísceras que por veinte años lo había unido al abdomen de su
hermano Pólux, cuyo cuerpo hacia unas horas se había quedado frio como el fila
de un bisturí.
Tal vez soñó. O acaso esas imágenes rematas
discurrieron en el fragmento de tiempo en que pasó de la vigilia a un estado de
suspensión que no podría llamarse exactamente sueño. Como fuera, la luz del
quirófano permaneció en su ánimo después del conteo. Solo que ahora Cástor
quiso sentir o imaginar que aquellas luces eran otras: las luces acaso menos
amables de la doble incubadora que, como contaba su madre, habían improvisado
los médicos al anunciarse el singular parto de mellizos unidos por el costado.
Muchas veces antes él había acabado por apropiarse del recuerdo.
Estaba seguro de haber contemplado en pesadillas
sus propios ojos infantiles, pasmados aunque ciegos, sus articulaciones
hinchadas y prácticamente inmóviles por simple contraste con los inquietos
braceas de su hermano. Y había visto también a Pólux, un neonato más apacible
que su hermano, quizás un poco molesto con ese otro cuerpo que yacía junto a
él: tan quieto, tan pesadamente sorprendido de esa monstruosidad que no le
permitía moverse a sus anchas por el brevísimo espacio de la incubadora.
Aquella capsula de tubos y calores artificiales
por la cuellos observara una madre tierna y aterrada, se convertiría para
Cástor, primero, en símbolo de su existencia doble, y luego, en alegoría de un
mundo cicatero en el que habría de compartir con Pólux ciertos órganos
elementales para la Sobrevivencia. Por eso mismo, antes de llegar al hospital,
veinte años más tarde, seguro ya de haber percibido el momento exacto de la
muerte de su hermano, Cástor supo que nadie, mucho menos Dios, podría culparlo
de haber llevado las cosas al extremo. Estaba convencido de que él y su hermano
habían sido la muestra radical de la falibilidad divina: dos almas encarnadas
en un mismo cuerpo, seres ligados en una obtusa dualidad, una equivocación
sublime cuya única enmienda posible era el sacrificio de una de las almas en
aras de la conservación del cuerpo mismo. Ahora que esa maldición llegaba a su
fin en la cama hospitalaria, Cástor podía congratularse y repetir que Dios
había optado al fin por la sobrevivencia del más fuerte.
La verdad es que eso lo supieron ambos desde el
principio. Y lo supo también su madre pese a su empeño en hacer de ellos una
suerte de ecuación matemática, al grado de llamarlos como los llamó: gemelos
míticos reiterados en mellizos monstruosos. Ese acto de pedantería culterana,
puede que inconsciente aunque imperdonable sarcasmo de la madre, no había sido
el único intento de ella por empatarlos. Al contrario, a aquel nombre que cada
noche despejada recordaba a ambos niños su condena, habían de sumarse muchos
otros intentos de hacerlos parecer dioses especulares, seres idénticos de buen
agüero tocados por la singularidad en un orbe de ordinarez.
En un tono triunfal que Cástor no pudo nunca
explicarse, solía decir la madre que los médicos habían pronosticado a sus
hijos una vida en extrema breve. Nacimientos como aquel, reiteraba la mujer a
los periodistas que la visitaron en los primeros años, eran más frecuentes de
lo que se creía, no menos la prematura y casi simultánea extinción de los
recién nacidos. Con estas palabras pretendía ella explicar por qué veía en sus
hijos una victoria de la fe sobre las advertencias de la lógica natural. Por
eso también coleccionaba y mostraba ufana montones de historias y datos sobre
los poquísimos casos de siameses no menos dramáticos que sin embargo habían
llegado hasta la edad adulta, entre ellos, los dos hermosos mellizos que habían
nacido en Siam hacia casi un siglo para convertirse en nada menos que
protegidos de un emperador.
Bien supo siempre la madre omitir que esos
siameses, y muchos otros, habían sido portentos de circo y carne para
semanarios amarillistas. Poco se decía en aquellas matriarcales conferencias de
prensa sobre las pesadillas de esos y otros trágicos mellizos, menos aun de su
vida sexual, de su modo singular de desahogar apetitos, de sus rutinas
elementales y de sus necesidades. Cuando alguien pretendía empujarla a esos
íntimos terrenos, la madre se desviaba del pun to, ofrecía mas te a los
visitantes y optaba por mostrar fotografías antiguas de aquellos príncipes de
Siam que regalaban a las cámaras sus rictus casi orgullosos de su deformidad.
En su habitación, Cástor pensaba que ese orgullo no servía de nada para atenuar
su melancolía de seres irregulares. Prodigios o engendros, era obvio que el
resto del mundo no dejaría nunca de hacerse preguntas sobre la vida siamesa:
los secretos que, como y cuando de su existencia aberrante.
Para Cástor la ausencia más notable en el pandemonio
de información siamesa que llegó a reunir su madre tenía que ver con sus
confrontaciones. Nunca un periodista se molestó en preguntarles por sus
desavenencias, sus riñas, las elementales distinciones de carácter que son
naturales en cualquier mellizo y que hubieran acentuado el dramatismo de su
fraterno matrimonio de carne con Pólux. El mejor ejemplo de este tipo de
desencuentros lo provocó nada menos que la foto de los mellizos de Siam: una
tarde, recién cumplidos los trece años, Cástor pegó la fotografía en la
cabecera de su cama. Sólo verla, Pólux estalló en cólera diciendo que no
necesitaban de esa imagen para acordarse de su tragedia, que no había motivo
para gloriarse de su situación, que no eran monstruos. Acaso más por contrariar
a su hermano que por gustar de la fotografía, Cástor insistió en dejarla allí.
Pólux intentó arrancarla, y en la riña descubrió que Cástor era mucho más
fuerte que él. No valía siquiera el intento de pelear: lo mismo se dolían ambos
con el jaloneo, lo mismo quedaban extenuados y maltrechos en la cama,
resignados ante la sonrisa herida mellizos de Siam.
A partir de entonces, como en una reiteración de
la escena de la incubadora, Pólux reforzó su esfuerzo por desasirse de su
hermano. Fue el quien investigó y analizó hasta el cansancio la posibilidad de
un día someterse a la riesgosa operación que podría separarlos. En ese
entonces, cirugías de esta guisa eran poco menos que imposibles, no sólo por la
ingente cantidad de órganos involucrados, sino por las insalvables dificultades
económicas que aquello significaba. A esto había que añadir la abulia de Cástor
en todo lo relacionado con su separación. Contemplativo, caustico o sencillamente
resignado, Cástor fue primero el pasivo espectador de lao ansiedad de su
hermano. Y poco después comenzó a sabotearlo. Dios, insistía ante la
desesperación de Pólux, había querido que naciesen así, y ese mismo Dios sabría
suprimirlos a tiempo, siempre juntos. Dios terminaría con ellos para siempre,
remitiéndolos quien sabe si a un Paraíso poblado de siameses, o a un Infierno
que no podría ser muy distinto.
Con frecuencia Cástor se regodeaba en imaginar
qué pasaría con ellos en el Juicio Final o en la Resurrección de la Carne. ¿Les
tendrían una consideración especial? ¿De entrada les perdonarían sus pecados?
La santidad de uno obligaría a los ángeles a permitir que el otro, réprobo sin
remedio, ingresara también en el Paraíso? Sometidos a aquella existencia dual,
Cástor y Pólux seguirían entonces por la vida dan do tumbos, ocultos el mayor
tiempo posible, incrementando la angustia secreta y el ulterior olvido de la
madre, quien al cabo dejaría de atender a la prensa y quizás comenzaría a dudar
ella misma de las bondades de la monstruosidad de sus vástagos.
Acaso a consecuencia de su evidente supremacía
física sobre su hermano, Pólux comenzó a buscar en su cerebro su única posible
independencia. Cástor, por su parte, se dejó arrastrar a las aulas como un injerto
en la desmesurada aplicación de Pólux. Se mostró tan soberbio como
desinteresado en las materias, burlón casi ante el absurdo hecho de que tuviese
que presentar exámenes que su hermano aprobaría con honores y que él ni
siquiera se molestaría en responder. Lo mismo que en su hipotético ingreso en
el Paraíso, Cástor sabía que no debía preocuparse: nadie podría expulsarlo de
las aulas, ni consignarlo en una escuela de alumnos deficientes o
problemáticos. En cualquier caso lo dejarían seguir adelante como la sombra de
un hermano afanoso— se decía que brillante—, quien debía pagar con los
desastres escolares de Cástor la pena que a este último provocaba tener que
mostrarse en público, soportar las miradas de sus condiscípulos, sus maestros,
los padres. Con frecuencia Cástor fingía resfriados, migrañas o intensos
dolores estomacales que los obligaban a quedarse en casa o a que los
devolviesen a ella. Pólux le echaba en cara sus charadas, le decía no te duele
nada, yo sé que no te duele. A lo que Cástor, carcajeándose camino a casa, le
preguntaba ¿cómo lo sabes?, ¿eh?
Ya en casa, Cástor alimentaba su venganza contra
Pólux por haberlo expuesto al mundo: mientras su hermano estudiaba, Cástor
ojeaba revistas, iba al baño con enervante frecuencia, escuchaba música
estridente. Por su parte, Pólux, abajado por la fuerza física de Cástor, hacia
lo que podía para sortear el sabotaje: estudiaba mientras podía para sortear el
sabotaje: estudiaba mientras el otro dormía, procuraba ignorarlo, se tapaba los
oídos.
La madre murió cuando cumplieron diecisiete.
Entonces ya no quedó quien los mirase como dignos o mejores. De esta suerte,
guiada par la angustia y el desamparo, Pólux se internó aún más hondo en los
libras, estudió cuanto pudo y llegó inclusive a dar muestras de una notable
lucidez, la cual aprovechaba para escribir ensayas que, si bien no eran bien
pagados, le daban al menos un sustento y el consuelo de no tener que dar la
cara. Aun así, Cástor le reclamaba que los exhibiese cuando Pólux seguía
publicando e insistía en recibir a algún periodista. Sólo a veces, cuando el
fortachón Cástor estaba de buen talante, los hermanos concedían una entrevista
en la que Pólux tenía poca oportunidad para expresarse ante los comentarios
cáusticos de Cástor.
En aquella orfandad Cástor comprendió a
cabalidad cuán cómodo era vivir unido a un hermano diligente. Y descubrió
asimismo en el chantaje una nueva forma de poder sobre el cuerpo que compartía
con Pólux: se dejaba alimentar a regañadientes, amenazaba a su hermano cada vez
que éste le reclamaba su abulia.
Cástor sabía que ni siquiera debía temer un
reclamo legal de Pólux. ¿Qué dirían los jueces? ¿Quién decidiría cuál de
los dos era dueño de aquel cuerpo? La ley no alcanzaba ese tipo de
discriminaciones: el veredicto siempre sería injusto.
Cástor desde entonces sospechaba que la muerte
de uno acarrearía la del otro, lo cual solo le importó como posible retribución
contra Dios sabe que falta de su hermano. Con esta convicción, Cástor se dio a
la bebida. Macabro y divertido, se consagró a la lenta destrucción de aquel
cuerpo infame. En respuesta al afán de Pólux por aferrarse a la vida, Cástor se
embriagaba sin descanso y gozaba con la idea de que llegase un día en que su
hígado, alimentado por flujos compartidos, reventase. Pólux le imploraba
sobriedad, le rogaba que respetase aquel cuerpo que no era solamente suyo.
Reclámale a Dios, respondía Cástor apurando más botellas, copas, garrafas. Beber
se convirtió en su única ocupación y en su único propósito. Pólux se aferraba a
la vida, y él, a la muerte de ambos: una muerte alucinada y feliz en una
borrachera que su hermano compartía a su pesar cuando el alcohol le saturaba la
sangre y le hacía vomitar la entraña sobre sus escritos mientras que su
hermano, más tolerante a la bebida, se sentía más bien alegre.
Finalmente una noche despertaron con intensos
dolores. Un dolor que anunciaba el estallido del hígado. Pólux llamó a los
servicios de urgencia mientras Cástor se dejaba matar por el dolor, por esa
pena que parecía más intensa en su hermano, pero que era y siempre había sido
la misma. Contra lo esperado, el hospital consiguió una donación, sólo una,
para el transplante. Mientras un Cástor adolorido y un Pólux ya exánime eran
transportados en la ambulancia, los camilleros y los médicos y las enfermeras
se preguntaban quien se quedaría can la víscera providente. Pero no hubo tiempo
para decidir nada: el hígado llegó a tiempo para Cástor y tarde para Pólux,
quien murió en la ambulancia, incapaz de soportar el dolor, la rabia, la vida.
Lástima, se dijo Cástor en el quirófano poco antes de pedir a la enfermera que
le aplicasen una anestesia local. Pero enseguida descubrió que la muerte de su
hermano no le inquietaba gran cosa. El tumor seria extirpado, pues estaba seco,
y del cuerpo de Pólux podrían obtenerse nuevas vísceras para el cuerpo
sobreviviente. Quizá mañana, cuando fuese libre del todo, Cástor consideraría
muy seriamente dejar de beber.
*Este cuento fue publicado en “Los anacrónicos y otros
cuentos”, FCE, 2010.
lunes, 4 de septiembre de 2017
Oxitocina
Oxitocina de[1] Miguel Serrano Larraz
INA
MIGUEL SERRANO LARRAZ | DEL: ESPAÑOL
Mi hermana siempre decía que era mucho mejor tener un sobrino que tener un hijo. Supongo que nuestra madre habría estado de acuerdo. Según mi hermana, con un sobrino disfrutabas de todo lo bueno, de todas las alegrías de tener un niño cerca, pero sin ninguno de sus inconvenientes. El embarazo, por ejemplo. Y el parto. Los pañales. Despertar a medianoche. Y, cuando crecen, no tienes que reñirles, ni que educarlos, aseguraba mi hermana. La adolescencia, ese misterio, esa sangría. Puedes limitarte a darles todos los caprichos y a dejarte querer. Puedes comprar un pantalón, por ejemplo, pero no tienes la obligación de comprar todos los pantalones y de supervisarlos y de comprobar cómo se desgastan y cómo se quedan pequeños. Puedes ver cómo crecen los niños, sí, pero con distancia suficiente, a salvo de las explosiones y de los agujeros negros. Por no hablar del tiempo, del tiempo que se escapa, de la sensación de que la vida se desplaza lentamente hacia la nada como un barco a la deriva. Yo no podía estar menos de acuerdo con aquellas afirmaciones, aunque fingía que sí. Un barco a la deriva siempre es mejor que un barco que hace aguas por todas partes, que se va a pique, que ya se hunde sin remedio. Yo quería todos esos inconvenientes que enumeraba mi hermana. Yo quería planchar las rodilleras, limpiar culos, poner el termómetro, ir a las revisiones del pediatra. Dormir siempre mal, con una opresión en el pecho. Siempre es difícil llevarle la contraria a una hermana mayor.
Laura era hija de mi hermana, y por lo tanto era mi sobrina. Una niña frágil y fantasiosa que empezó a quedarse en mi casa una vez por semana, después del colegio, cuando acababa de cumplir cuatro años. Nació en octubre. Al principio nos pareció más conveniente que fuera los jueves, que pasara conmigo las tardes de los jueves. Recuerdo la tarde en que Laura, sentada en el sofá, señaló hacia el pasillo con una expresión de goce indudable, con esa mirada brillante que solo tienen los niños. Era la segunda o la tercera vez que venía a pasar la tarde conmigo, mi hermana aún no había llegado de la sesión y ya empezaba a hacerse de noche, aunque acabábamos de merendar. Seguí la dirección de la mirada de Laura, pero no había nada allí, nadie, solo mi triste pasillo en penumbra. El suelo estaba lleno de miguitas de pan. Entonces ella me miró fijamente y me dijo, entusiasmada: ¿No lo has visto? ¡Acaba de pasar un fantasma! ¡Estaba asustado como una paloma! Aquel día supe que me había ganado su confianza, porque ya era capaz de inventar junto a mí, de mentirme o de bromear o de ponerme a prueba. Hasta entonces había permanecido en silencio.
Después de las navidades mi hermana decidió que era mejor que su hija viniese a mi casa los viernes en lugar de los jueves. Ella, mi hermana, salía agotada de las sesiones, así que parecía preferible que fuesen los viernes por la tarde y que Laura se quedase a dormir conmigo. Mi apartamento solo tenía un dormitorio, pero conseguimos una cama plegable, ya no recuerdo cómo, tal vez la trajimos de la Torre, una cama diminuta con un colchón de apenas diez centímetros de espesor. Aquellos primeros viernes de invierno Laura durmió siempre de un tirón, exhausta por los juegos y la emoción de pasar la noche fuera de casa (nunca antes lo había hecho), tal vez también por el misterio de las actividades adultas y casi clandestinas de su madre. Tardó varios meses en despertarse por primera vez en mitad de la noche, como hacía en su casa de forma habitual, al menos según me contaba su madre. Uno de los momentos más felices de mi vida fue la primera vez que Laura empezó a gritar en mi apartamento a las tres o las cuatro de la mañana. En mi cama, en medio de un sueño profundo, me despertó un llanto infantil situado a solo dos metros de mí y durante unos segundos creí que quien lloraba era un bebé, mi hijo, un hijo o una hija inexistentes (no he tenido hijos, claro) y en medio de ese desconcierto, antes de ir a consolar a mi sobrina, lloré yo también, de alegría y de intuición y tal vez de rabia. Me sumergí en el llanto de Laura y buceé en él como en la idea de otra vida posible. Después me acerqué hasta su cama en la oscuridad y vi que gritaba dormida, con los ojos cerrados y el labio inferior tembloroso, los dedos rojos agarrados al borde del edredón. Le acaricié el pelo y se calmó poco a poco, como si mis dedos le hubieran inyectado alguna droga.
Aquellas estancias periódicas duraron dos años. Compré un cepillo de dientes, una almohada rosa con unos dibujos de animales, un pijama, juguetes, galletas de distintas formas y colores. En su casa dormía siempre con un oso de peluche que le había regalado Jaime, así que yo también le compré un muñeco para que tuviera algo a lo que aferrarse por las noches. Encontré un pato de tela que me cayó simpático desde el principio. Tenía la mirada vacía de los animales disecados o falsos, pero no daba demasiado miedo, porque no parecía real. No era sólido, había algo de gelatinoso en sus movimientos, solo me costó diez euros. Yo lo guardaba en el armario empotrado de mi habitación y todos los viernes por la mañana lo colocaba con cuidado debajo de mi almohada, y lo primero que hacía Laura cuando entraba a mi casa era correr hasta mi cama para destapar al muñeco y saludarlo. Ella creía que el pato pasaba toda la semana allí, que dormía conmigo. Le daba un poco de pena que el muñeco no tuviera niños con los que jugar. Supongo que mi vida le parecía previsible y aburrida, a pesar de todo. Cada vez que Laura veía al pato, saltaba y chillaba de alegría, como si a lo largo de la semana hubiese llegado a dudar de la fidelidad del muñeco, o de la mía. Le inventamos un nombre, Feldespato. ¿Qué tal estás, Feldespato? ¿Me has echado muchísimo de menitos?, decía Laura, mientras le acariciaba el pico naranja o le besaba las patas amarillas y lo llenaba de babas.
Me encantaba pasar los viernes con mi sobrina. La iba a buscar al colegio con el coche, y pasábamos la tarde escuchando música, pintando, en el parque o en el cine. Hacíamos carreras. Escondíamos objetos. Olíamos hojas y pinturas. Nos maquillábamos. Bailábamos alrededor de una hoguera imaginaria mientras tocábamos instrumentos invisibles. Al final de la tarde preparábamos la cena: le gustaba probar, subida a una silla, cada uno de los ingredientes que añadíamos a la pizza o a la ensalada. Antes de acostarla le leía un cuento. Mi colección de cuentos infantiles creció poco a poco y pasó a ocupar más espacio que mi propia biblioteca. Laura construía verbos a partir de sustantivos: decía «bicicletear», «cuentear», «peliculear», «bocadillar». También decía «mantar» en lugar de «arropar». Cuando estaba con ella el mundo cambiaba de significado y cada objeto se convertía en una acción de maravilla posible.
Perdí a Feldespato. Un viernes por la mañana, nada más despertarme, tuve una extraña intuición, como un hueco que se abría en mitad del pecho. De inmediato vi, o imaginé, la mirada indiferente del muñeco. Busqué primero en el armario, donde lo guardaba siempre, y después, como un acto reflejo, debajo de la almohada. A continuación rastreé sin éxito toda la casa, al principio de forma alocada y aleatoria, después de forma sistemática. Los nervios me llevaron a buscarlo en lugares que llevaba años sin recorrer, en la esquina más inverosímil, debajo de la cama y del sofá, en el trastero, en una gigantesca caja de cartón en la que guardaba cartas y papeles antiguos, fotografías familiares, apuntes de la universidad. Pasé revista a mi vida y me sorprendí de haber sido, no muchos años antes, otra persona. Me sentí culpable. Recordaba que había metido el muñeco en la lavadora el domingo anterior, con las sábanas de Laura, y recordaba haberlo tendido en la terraza, sujeto a la cuerda con una pinza que le atenazaba el ala derecha y le daba un aspecto de sometimiento, como una marioneta en espera de una mano que la llene y la anime. Sin embargo, no tenía la certeza de haberlo colocado de nuevo en el armario, en su sitio. Los gestos repetidos pierden nitidez, se amontonan como calcetines o como camisetas, de dos en dos o de tres en tres, al final es imposible distinguirlos. Por suerte, tenía tiempo y pasé por la tienda en la que había comprado el muñeco perdido. Tenían varios iguales, colocados uno junto a otro en una estantería, las patas colgando, sin vida, como niños que esperan su turno. Todos con la misma postura de cansancio, con la misma expresión de nada.
Antes de ir a buscar a Laura coloqué el pato nuevo debajo de la almohada. Me pareció idéntico al otro, indistinguible. A lo mejor había alguna diferencia, el ligero desgaste del que se había perdido, pero una niña de cuatro años no podía darse cuenta.
Cogí el coche y fui hasta el colegio. A esa hora era imposible aparcar y siempre dejaba el coche en doble fila. Las madres (casi todas eran madres) formaban un semicírculo en torno a la puerta. Los niños de primero de infantil salían de uno en uno y corrían hacia la libertad. Laura solía ser una de las últimas. Caminaba hacia mí sonriendo, pero sin precipitarse, como si ya tuviera una idea precisa del concepto de dignidad.
Cuando llegué a casa con ella, repitió su ritual de todas las semanas y corrió hacia mi cama. Levantó la almohada, sacó el muñeco y se lo quedó mirando. La alegría desapareció de su cara. Me miró a mí. Volvió a mirar al muñeco. Este no es Feldespato, dijo. ¿Dónde está Feldespato?
Tuve que explicarle lo que había pasado. Me disculpé una y otra vez. Es difícil ponerle excusas a una niña de cuatro años. Aún no conocen los códigos, y las explicaciones se enredan, parecen absurdas, no sirven. Pero a medida que hablaba me di cuenta de que ella sentía más curiosidad que decepción. No hubo ningún reproche, ni una sola lágrima. En vez de mirarme a mí, miraba a su nuevo muñeco. ¿Sabes una cosa?, me dijo, por fin. Tenemos que ponerle otro nombre. Ah, claro, respondí. Tiene que tener un nombre. Le sugerí varios: Patoso, Matías, Ánade, Bartolo, Juan Carlos. Ninguno le parecía adecuado. No tiene cara de Bartolo, decía, por ejemplo, mientras examinaba con atención los ojos alucinados del muñeco. Pasamos la tarde así, mirando un pato de tela. Laura se tomó el asunto con mucha seriedad. A mí me costaba aguantar la risa. ¿Cómo había sabido que se trataba de otro muñeco? Fue por la noche, después de que la ayudara a ponerse el pijama, cuando me anunció que ya había encontrado el nombre adecuado. Se llamará Patológica, me dijo. Me quedé sin habla. ¿De dónde habría sacado esa palabra? Porque no es un pato, no es exactamente un pato, dijo. Es una chica, una pata. (Tenía una forma muy graciosa de pronunciar algunos adverbios: no dijo «exactamente», claro, sino «sastamente»: «no es sastamente un pato».) Le dije que entonces tendría que llamarse Patalógica, y no Patológica. Se volvió a quedar pensativa. Se llama Patológica, concluyó, dando por cerrada la conversación.
El sábado, cuando mi hermana vino a buscar a Laura mi sobrina le contó a su madre las aventuras de la pata Patológica. «Lo mejor de todo», le dijo, «es que no tenemos ni idea de que ha pasado con el otro muñeco. ¿Habrá salido volando?». El domingo por la mañana sonó el timbre. La vecina de abajo traía bajo el brazo el muñeco originario, Feldespato. Al parecer había caído del tendedor a su terraza. A lo largo de la semana había pasado un par de veces por casa, pero no había dado conmigo. Se lo agradecí. Coloqué los dos patos, uno junto al otro, y traté de encontrar alguna diferencia entre ellos. Con un rotulador negro tracé una F en la etiqueta del pato que me había traído la vecina y una P en el que había comprado sólo tres días antes.
El viernes siguiente quise hacer un experimento. Coloqué bajo la almohada el muñeco que tenía una F en la etiqueta. Fui a buscar a Laura al colegio, y cuando entramos en mi apartamento ella fue hasta mi cama, retiró el muñeco de debajo de la almohada y se puso a gritar como una loca: ¡Ha vuelto Feldespato! ¡Ha vuelto Feldespato! ¿Dónde estabas, Feldespato?
Laura decía que Feldespato era un muñeco triste, y que Patológica era una muñeca que siempre estaba contenta. No tenía ningún problema para diferenciarlos. A partir de ese día empezó a dormir con los dos. Cuando se lo conté a mi hermana, me dijo que yo siempre había sido, desde la infancia, una persona muy despistada y, al mismo tiempo, con una enorme imaginación. Seguro que hay algo que los distingue, algo que hasta una niña de cuatro años es capaz de percibir, y sin embargo a ti se te escapa porque siempre estás pensando en otra cosa. Sentí que en esas palabras había algo de reproche. No quise discutir.
Dos años después, cuando acabó todo, Laura se fue a vivir con su padre a Salamanca. Le ofrecí los patos como regalo de despedida, pero no los quiso. Están acostumbrados a tu casa, me dijo, en Salamanca estarían los dos muy tristes y no sabrían que hacer. No les gustan las ciudades que no conocen. Además, seguro que los cuidas muy bien. Tuve que reprimirme para no llorar delante de la niña.
Sólo unos meses después desperté en mitad de la noche con la certeza de que me estaba ahogando. Encendí el televisor y traté de ver una película. Me comí una mandarina. Era viernes, así que al día siguiente no tenía que ir al despacho. Ya estaba amaneciendo cuando abrí la puerta del armario. Saqué los dos muñecos y les pasé la mano por la tripa de tela. Me fijé en las etiquetas y me di cuenta de que las letras, que los distinguían se habían emborronado. La P y la F parecían iguales, una mancha vertical. Me pregunté si Laura todavía sería capaz de distinguirlos, de decirme cuál era cuál. Me acordé de mi infancia, de mi hermana, de nuestra madre, de los veranos en la Torre, cuando nos bañábamos en una palangana enorme y llena de bichos. ¿Tu eres Patológica, verdad?, le dije a uno de los muñecos. Devolví al otro al fondo del armario. Espero haber acertado, pensé, mientras me metía en la cama. Me abracé al muñeco con fuerza hasta que me venció el sueño. Cuando desperté, casi ocho horas después, el trozo de tela seguía allí. Fui al cuarto de baño, cogí las tijeras con las que me cortaba las uñas (las mismas que había utilizado tantas veces para cortarle las uñas a Laura) y volví a la cama. Miré al muñeco, miré la etiqueta, llegué a sostenerla entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, pero no me decidí. ¿Y si me equivocaba?
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